Alberto Angel Pedro

La rebelión de Eva

Lo que voy ahora a narrarles, no es leyenda,

no es embuste, ni tampoco son patrañas;

es un caso que escuché en tierras extrañas.

Ojalá que usted, mi amigo, lo comprenda.

 

Seré breve, como dicen los catrines,

cuyo estudio muy extenso les fue pena,

y entre el sol y la fragancia de jazmines,

trataré que esta, mi historia, le sea amena.

 

Pues, hay tiene usted la anécdota, mi amigo:

Conocí, ya hace algún tiempo, a Don Rodrigo.

Aquel hombre que en mi historia le refiero,

tuvo haciendas por las tierras michoacanas.

Era dueño de novillos, -muchos fieros-,

que envidiaron las haciendas queretanas.

 

¡Qué decir de aquellas huertas de manzanas,

donde el oro de las mismas relucía;

las hectáreas de maizal oscuro y blanco!,

¡qué decir de aquellas cuentas en el banco

y las acres de dulcísimas sandías!.

 

Sea paciente... que lo bueno apenas llega,

se lo narro mientras vamos a esa vega.

El tesoro de su vida, halló en Sayula,

 (tierra aquella de folclor y serenatas),

mujer linda, con su faz de ebúrnea plata,

¡la hembra aquella era elegante y re’te chula!.

 

Sí, Señor. Pues, la mujer, era un tesoro

y un regalo que la vida le dio honrosa

y porque era refinada y hacendosa

la adoraba, como el rico quiere al oro.

 

Pero… estese ya tranquilo en su lugar,

que lo bueno voy apenas a contar.

Pues, resulta, que ya andando algunos años,

 (como pasa casi siempre, buen amigo),

aquel hombre afortunado, Don Rodrigo,

empezó con sus andanzas, sus engaños,

que a la dama comenzaron a inquietar.

La atención con su mujer se volvió tosca,

siempre hallando en la comida alguna mosca.

  

Según él, toda la casa era un desorden,

parecido al muladar de alguna tropa,

que no hallaba en su escritorio nunca un orden,

ni olorosa de jabón toda la ropa.

 

Con frecuencia se ausentaba de su rancho,

 “¡a ayudar en sus labores a Don Pancho!”,

un ranchero, del cual era buen compadre;

 “¡que el perfume que su cuerpo desprendía

lo agarraba al despedirse de su madre!”,

¡Doña Berta, que ya casi se moría!.

 

Al principio, fueron sólo unos rumores,

de que el hombre no era fiel en sus amores.

Pero, fue un mes de septiembre, exhuberante,

que al marido halló en los brazos de su amante.

                                               

La tristeza le estrujaba el corazón,

por haber hallado al hombre en tan mal hecho.

Nada dijo, y pensó entonces, por despecho,

en pagarle con la misma cruel traición.

 

Y empezó, como se dice, desde ceros,

a enredarse con un sórdido vaquero,

de mirada lujuriosa y torvo aspecto.

Por vengarse del agravio siempre lo hizo,

porque aquel en sus amores no fue recto

y sus pobres ilusiones las deshizo

 

El asunto a todas partes fue parar.

De los peones, pasó el chisme al tabernero,

y de aquel, a un hacendado, su enemigo,

que en amores de la dama, fue el primero.

Finalmente, llegó el chisme a Don Rodrigo,

Que, celoso, comenzó a la Doña a espiar.

 

Fue un verano muy bonito, y caluroso,

cuando el aire nos refresca delicioso,

que a la dama, con su amante al fin halló.

 

Fue la rabia, que enloquece en tales casos,

lo que hizo decidir a Don Rodrigo

ultimar a los infieles a balazos,

sin haber más que un mezquite por testigo.

 

El amante, quedó muerto a pocos pasos,

más la dama, que se hallaba a punto fijo,

con la sangre resbalando por sus brazos,

con palabras melancólicas le dijo:

           

¡Como olvidas, al momento, tus engaños

y el dolor que me han causado tus afrentas,

lo infeliz que tú me has hecho en tantos años,

acostándote con pobres y con ricas,

con mujeres encumbradas y sirvientas!;

¡ porque un macho en esta vida siempre has sido,

mujeriego y jugador empedernido

que de toda fruta dulce ansioso picas!

 

¿Por qué irradian de momento tus furores

y se cambian de repente los colores

de tu rostro, que ayer mismo fue calmado,

¿por qué ahora tus enojos agigantas?

Si hoy hacemos un balance en nuestras cuentas,

mis traiciones, me parece, no son tantas;

más las tuyas, ¡oh, Rodrigo!, tal vez cientas.

 

Eso es todo lo que aquella Eva le dijo

…se murió entre mil sollozos perdonando,

mil plegarias taciturnas recitando

…con su rostro ensangrentado, al cielo fijo.

 

Cuentan muchos, que perdón él le pidió

y que estando ella con vida, le dio un beso,

que Rodrigo fue a la cárcel a dar preso

y olvidado, como un paria, falleció.

 

El relato que he contado no es patraña,

ni es un cuento que la gente ha difundido;

es un caso que yo supe en tierra extraña,

¡ojalá que su mensaje haya entendido!

   

POEMA REGISTRADO ANTE EL INDAUTOR (INSTITUTO NACIONAL DE LOS DERECHOS DE AUTOR) MÉXICO.

 

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Comentarios1

  • nellycastell

    Muy buenos tu versos e historia, la cual lleva a uno de la mano hasta el final. Me gustó mucho, "a quien hierro pica, hierro muele"....el que la hace la paga....más o menos son refranes que le pega al contenido en esencia de tu escrito. abrazos.



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