Nicolas Bera

Al convenir que aparezcas

El verbo de mi cuerpo te busca
como el entierro final de un árbol,
aquí en su dimensión profunda,
redonda como un sendero.


La carne de tu abdomen perece bajo
aquellas raíces de sosiego y profundidad.


De cavar la dicha con mis manos,
mis manos vírgenes de entierros,
mis manos sobre raíces socavadas,
y el cuerpo que en su profundidad espera.


He permanecido en un lugar justo
donde se desenreda mi pena,
acariciado por el tiempo, y amado
por la Amaranta de ciertos años pasados.


La voz todavía es un fuego.
Un fuego que se propaga
por el combustible del deseo.


Se asoma ésta, tu mirada,
acompañada por un páramo
de ausentes cicatrices bermejas.


Y el verbo lascivo de mi cuerpo,
abierto como una boca que besa,
se expande, lentamente, sobre
el Endimión de un tiempo estilado.


Y la carne, la carne enterrada
en ésa profundidad de quietud,
almacén volátil de sentimientos,
arrabal lejano que te busca.


Y los días de descomunales sonrisas,
caricias desquiciadas, pasiones renovadas.

 

Y mi boca cerrada,
mi pensamiento absuelto,
mi mirar profundo, ahí:
donde te he vuelto a vivir. 

 



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