Jonathan Rojas

Obscenidades

Obscenidades

 

Fija mi mente en la rotación de tu cuello,

en la plasticidad de tu boca al asomo de

las palabras que son despedidas desde tus

cuerdas vocales impregnadas de felinidad.

Y dicen que soy esclavo de las sinuosidades

de tus pechos tiernos, dorados, fogosos; de

los cristales que esplenden tras tus ojos,

de tus manos níveas, de tu talle arrobador.

Algunos atribuyen mi ofuscamiento a tretas

y artificios de naturaleza infernal y demoniaca.

Sin embargo, sigo obstinado en mis impulsos

que dominan todo mi aparato intelectual. Yo,

el sujeto cuyo instintos jamás habían alcanzado

el apreciado cenit solar de la adolescencia,

he hecho el pacto con la corriente de mi flujo

sanguíneo, he aceptado la imagen y la sensación

de estar subyugado a las porciones bajas del

hombre. Ya estás en mí, profanando sitios,

lugares; oscureciendo los astros, contando

gotas de mercurio. A diario siento el dolor que

infliges a mis coyunturas. Estoy roto, sin armazón,

con mis huesos desperdigados como arena en

las calles donde siempre te esperé. Hasta las partículas

del aire se acongojan de mi débil estado, pero

yo me río y muestro mis dientes al orden del

cosmos. No necesito del mundo, de sus conceptos

cristianos y su moral putrefacta. Sí, soy un ser inmoral

arrojado al lago de la lujuria y la glotonería genital.

Tengo un alma irreverente, tosca, grosera, sexual.

Me considero un Adán, un profeta, un cristo

dispuesto a redimir mi carne ávida de carne, de fluidos,

de segregaciones hormonales. Mi pene erguido, escándalo,

para las criaturas humanas que me cubren, lo veo surcado

de inflamadas venas resistentes a la fiera masturbación.

 

Por: Jonathan Rojas



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