Osvaldo Lamborghini, el poeta más bestia

Osvaldo Lamborghini, el poeta más bestia

Decía Bolaño que El Fiord era una obra bestial; la mejor que se había escrito en la historia, y de la cual uno no podía desprenderse. Y agregaba que él no había conseguido terminarla y que, sin embargo, siempre se armaba de coraje y leía algunas páginas porque había algo en ella que la volvía esencial. Posiblemente es lo que muchos hemos experimentado al acercarnos a la obra de Osvaldo Lamborghini, un autor que cuenta con un importante grupo de lectores apasionados que siguen buscando explicaciones e imágenes escondidas en sus letras impenetrables.

No soy una entendida de la obra de Osvaldo Lamborghini ni mucho menos; sin embargo, hay algo en su literatura que siempre me ha atraído endemoniadamente. Cierto es que muchos de sus poemas me resultan de un hermetismo tal que pese a leerlos y releerlos a conciencia no consigo extrapolar algunas de sus imágenes. Lo cual vuelve extraña esa fascinación y esa necesidad de revisar sus textos. Pero, como decíamos ayer, a la poesía lo único que le pedimos es que roce nuestra fibra y a decir verdad siempre hace lo que quiere con nosotros. Es por eso que pese a que muchas veces no entendemos bien por qué ciertos poemas o autores nos conmueven tanto no conseguimos dejarlos. En mi caso eso me ocurre con Osvaldo Lamborghini. Y parece ser que también era lo que le sucedía a Bolaño.

La escritura como guía

Cesar Aira, uno de los albaceas de Lamborghini, contó que cuando Osvaldo no podia escribir se sentaba y se imponía la escritura. Se dejaba conducir por las palabras y ellas iban saliendo, como propulsadas quién sabe desde qué región de su interior. ‘Una especie de escritura automática’, dijo Aira. No hay en los manuscritos de Osvaldo tachones ni correcciones; es como si la obra (poesía y narrativa) le fuera viniendo y él sólo ejerciera de instrumento. Podemos establecer toda una discusión al respecto, lo que no podemos negar es que algo pasa en nosotros cuando escribimos que se escapa de nuestras deseos y quizás es lo que le sucedió a este adelantado poeta.

Osvaldo Lamborghini es de esos autores grandes a los que todos hemos leído, pero a diferencia de lo que ocurre con otros como Darío o Borges, la forma en la que nos acercamos a su obra es con cierto temor. Y es que hay un velo amarillento tapando cada una de sus frases. Y la prueba de ello es que pese a que existen muchísimas reseñas de sus obras y a que miles de lectores persiguen sus escasos libros con obsesión, todavía al día de hoy hay mucho de velado en su escritura, lo cual me dice: tanto más por descubrir. Quizás sea esa la gran genialidad de Osvaldo, la razón por la que no podemos desprendernos de su obra, por la que Bolaño intentaba leer aquel libro con insistencia.

Osvaldo Lamborghini, el poeta más bestia

El lugar del poeta

Introducirnos en la poesía de Lamborghini es pararnos frente a una certeza: todo lo escrito puede significar eso que nos produce pero posiblemente encierra matices que después de numerosas lecturas seguiremos sin poder distinguir con claridad. Es posible que esa sea una de las razones por las que algunos lectores huyen de este autor; porque al leerlo no existe esa limpieza que se da con otros poetas, más bien hay una luz incandescente que te permite sentir pero no ver. La poesía hermética a veces es cansina porque cuando leemos necesitamos imágenes que nos transporten y si se planta esa luz amarillenta en nuestra cabeza que nos impide ver con nitidez, a veces terminamos abandonando la lectura. Por eso creo que Lamborghini es un poeta para leer de a poco: de a pocas páginas y releyendo mucho.

En la poesía de Lamborghini hay mucha crudeza pero también se nota una detallada elección de ciertas palabras. Así, nos ofrece un discurso contradictorio que constantemente está luchando por equilibrarse entre lo mundano y la belleza. Esta forma de trabajar el lenguaje creo que merece un artículo aparte, al igual que su manera de encarar las tradiciones desde un punto de vista vanguardista. Pero sin duda lo más interesante de ella es que hable de lo que hable consigue de una forma subterfugia esconder un discurso erótico que por momentos es sumamente sensual. Es como si en él siempre habitara la doble lectura.

Esta idea está presente en muchos de sus poemas. Podría decirse que Lamborghini es de esos poetas superrealistas que quizás no estuvo vinculado directamente con el movimiento: hay en su poesía una constante alusión a lo maravilloso, a ese espacio donde las palabras adquieren universalidad; sin embargo, se desprende un delicado trabajo de su escritura, lo que me hace resistirme a creer que todo fue movido por lo absoluto, que él fue un mero intermediario. Por ejemplo, ese constante redecir o repensar las ideas para hacer que la poesía se convierta en un espacio de razonamiento me resulta demasiado racional como para ser el producto de un simple golpe de inspiración.

Lo otro que aparece con insistencia es el vacío, la certeza de que no hay nada aguardando más allá del día a día y que, aunque esto puede volver insípida la necesidad poética, termina siendo positivo para ella porque la embellece, convirtiéndola en el todo, en la razón. Y es que hay tanta crudeza en su poesía como sentencias que te abren un mundo.

El hueco al que llamamos vacío parece estar apuñalando todo el tiempo la pluma del poeta, y se aparece de diversas formas. En esta frase que escogí me interesa muchísimo esa idea del vacío como algo que comienza; como si al nombrarlo, las palabras le otorgaran un cuerpo, una esencia, lo cual lo hace empezar a ser. Si la vida es sólo esto, escribir entonces es todo lo que tenemos. Esa podría ser una máxima que dibujara el contorno de la obra poética de Lamborghini.

Osvaldo es uno de esos poetas que te cautivan o al que no quieres regresar. Lo que pienso es que fue mucho más que un tipo divertido sentado detrás de un escritorio esperando que lo absoluto se le revele. Hizo del lenguaje un lugar en el que quedarse y la prueba de que lo consiguió está en esa fascinación que nos despierta su poesía. Considero que es un autor al que conviene leer con tranquilidad e tozudez, porque es la única forma de llegar a captarlo. Les recomiendo darle una oportunidad, y dejar que les punce ahí donde las emociones. En El Ortiba hay un extenso contenido que les puede resultar interesante.

No sé si Bolaño habrá terminado el Fiord, tampoco sé si hablaba totalmente en serio. Se me ocurre que sí lo había leído completo pero es que Lamborghini resulta imposible de terminar. Siempre te queda algo, porque hay algo en su hermetismo que te convulsiona y te obliga a regresar a las palabras, como si en ellas se te hubiera perdido una parte de ti mismo fundamental.

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