Jorge Fernández Gonzalo: «En cuanto hay lenguaje y discursos, hay conflictos»

La obra ganadora del VIII Premio Málaga de Ensayo, «Iconomaquia. Imágenes de guerra» de Jorge Fernández Gonzalo (Páginas de Espuma), es una reflexión en torno a las imágenes bélicas y a la guerra de las imágenes que, sin lugar a dudas puede servirnos para entender la forma en la que actúa en nosotros la enseñanza de la realidad y se nos imponen determinados comportamientos. Sobre este libro maravilloso, del que pueden leer aquí, charlé con su autor antes de su presentación en Málaga, que tuvo lugar el pasado martes.

P—En primer lugar enhorabuena, no por el premio, porque los premios vienen anexados a los libros que son lo que realmente vale. Y en este caso, me ha parecido una obra realmente interesante y, sobre todo, muy bien amalgamada, que es lo que más aprecio sobre todo en los ensayos. Cuéntame, ¿cómo surge tu interés por la guerra; cuál es la semilla de este libro?

R—Bueno, ante todo, muchas gracias por tus palabras. Yo creo que quizás me ha interesado más el mundo de la estética, del arte, de las cuestiones de óptica y de percepción quizás. Y me pareció que ese terreno no estaba suficientemente abonado; luego ya descubrí que sí, que había autores que estaban trabajando en esa línea. Paul Virilio, por ejemplo, ha hecho trabajos muy buenos sobre la logística de la percepción, sobre cómo vemos la guerra y los elementos ligados al fenómeno bélico. Pero en ese momento me parecía que había un hueco y que yo tenía una serie de materiales y de elementos desde el campo de la filosofía y de la estética que me podían servir para ese mundo, que como tal no me resulta especialmente atractivo, simplemente que pensé que podía decir algo ahí, que podía unir un mundo que desconocía en parte con un mundo que sí conocía y ver qué resultaba. Y resultó ese libro.

P—Ya que lo mencionas a Paul Virilio, a quien no conocía pero que he descubierto gracias a ti y ha llamado mi atención, me gustaría que me recomendaras un libro de él que te haya cambiado, o un título para acercarnos a su línea de pensamiento.

R—Es un autor que tiene pequeñas pinceladas, pequeños puntos de interés diseminados por toda su obra. Yo no destacaría quizá uno en concreto. Si habría que poner alguno, quizá «Estética de la desaparición» que habla de la fotografía y el cine como mecanismos de representación que ya no hacen aparecer el mundo; como hacía la pintura, que hacía aparecer de la nada pues una figura mitológica, una diosa emergiendo de las aguas, etc, sino que están captando la desaparición de un mundo que está desvaneciéndose delante del objetivo. Quizá ese podría ser un libro más completo dentro de su trayectoria, pero en conjunto creo que todos tienen pequeñas aportaciones y que es un autor que se puede leer bien en conjunto, porque todos los libros de repente te dan una pequeña sorpresa.

P—Dices que vivimos en una sociedad del espectáculo pero a la vez que usamos gafas, justamente porque nos aturden tanto las imágenes que necesitamos poner un filtro. ¿Existe otra forma de enfrentar esa realidad que no sea con esas gafas?

R—Pues probablemente ya no podamos volver a una especie de realidad helénica en la que podamos mirar las cosas por primera vez, en todo caso podríamos pensar que la poesía o algunas formas de filosofía podrían moverse en esa línea, pero en el día de hoy es muy difícil y quizá no sea la opción más estratégica para poder pensar el mundo. Quizá como mecanismo de abstracción es muy interesante quitarse las gafas, evadirse de los signos del teatro, de signos que tenemos delante, pero para entender nuestro mundo es necesario afrontarlo; y en ese libro sí que he decidido encaminarme hacia esos signos, ver la espectacularidad de nuestro universo para poder entender los fenómenos que tenemos alrededor. En mi trayectoria —yo soy al mismo tiempo poeta y ensayista— cuando quiero quitarme las gafas de signos me convierto en poeta y me dedico a una serie de ámbitos, me evado de determinados referentes culturales y me preocupo por el lenguaje, por las sensaciones, por las percepciones, pero cuando quiero hacer un ensayo y cuando creo que debo contar algo que está ocurriendo necesito usar esas gafas y verme usando esas gafas.

P—¿Porque el lenguaje del ensayo te exige eso?

R—El lenguaje y todo el rigor académico de normas y de estrategias argumentativas, incluso el propio objeto de lo que estás hablando. Y si tienes que hablar de un objeto cultural tienes que conocer la trayectoria, la genealogía, el universo en el que se inserta. Y para entender ese objeto como signo necesitas entender todo el entramado en el que participa; en cambio en la poesía puedes desarticular el entramado de signos, puedes evadirte, puedes crear tus propias configuraciones, tus propias maneras de ver.

P—Me ha interesado tu análisis en torno al disciplinamiento de los cuerpos; de cómo a través de la guerra se inculca una ideología heteropatriarcal y machista. A su vez dices que «la guerra rompe con la igualdad» y que la historia se narra a partir de la guerra. ¿Existe una forma de hacer historia dejando al margen los conflictos bélicos?

R—Yo entiendo que la guerra se alimenta de cierta reglamentación de los géneros. Incluso cuando aparecen mujeres que participan en el fenómeno bélico, lo hacen con una serie de estatus ligados al horizonte de representación masculina; es decir, muchas mujeres tienen que entrar en la guerra a través de una masculinización o a través de una serie de características que ya parten de la retórica de la masculinidad. Y cuando no entran así, entran como objetos, como en el caso de las pin-ups, que son estas representaciones sobre todo de la segunda guerra mundial y siguientes, que también trabajo en el libro, en donde la mujer está totalmente objetualizada. Creo que la guerra fomenta esa división sexual y que, además, institucionalmente se exige que haya una división de géneros. La propia institución genera su ideología, genera su manera de pensar y transformarnos, y crea subrepticiamente unos discursos, unas prácticas, unas maneras de entender el mundo y de comportarse, una serie de estrategias para controlar el movimiento, el disciplinamiento de los cuerpos, que permiten consolidar o asignar una serie de tareas para cada género.

P—En los últimos años ha habido un resurgimiento de movimientos de violencia fascista y sexista que se ha visto en parte propiciada por las nuevas tecnologías. Las redes sociales permiten la organización de los movimientos de extrema violencia. Tú hablas de la guerra.net y dices que ya no podemos escapar del conflicto bélico. ¿Cómo colabora Internet con la difusión de las imágenes e ideas bélicas?

R—Las redes sociales no son el problema sino que son el campo de guerra, son el espacio donde se producen los conflictos. A día de hoy, las redes sociales sirven para crear pequeños conflictos incluso ideológicos o discursivos simplemente; es decir, ya no hablamos de guerra. Hablabas del auge de los extremismos y los fascismos, pues sí que es verdad que las redes sociales permiten cierta congregación, cierta logística de estos grupos, para armarlos, para darse a entender, pero yo analizaría el fenómeno desde un punto un poco más subrepticio y más ligado a la semiótica. Lo que tenemos en nuestro panorama actual es un constante flujo de información y en todo momento, cada vez que se crea una opinión o cada vez que se completa un discurso, siempre aparece polarizado el discurso opuesto; entonces, lo que ha hecho Internet, es polarizar aún más las opiniones. Todos estamos colaborando, estamos trabajando en una red colaborativa, estamos volcando en esa red todos nuestros conocimientos, nuestras opiniones, nuestras miserias, y el intenso tráfico o la velocidad de la información lo que genera al mismo tiempo es filias y fobias muy exacerbadas. Entonces, la guerra (guerra entre comillas) que surge en Internet tiene que ver con esa polarización, con la rapidez, con el flujo de información, y sirve para que, a su vez, igual que hay una ideología bien pensante sobre la multiculturalidad la integración social, etc. surja siempre su exacto opuesto, su contrario. Y ese contrario es el que parece que está ganando visibilidad en los últimos años.

P—¿Crees que la guerra es intrínseca al ser humano; que no podemos evadirnos de ella?

R—Yo no hago una lectura moral de la guerra…

P—¿Se puede hablar de la guerra dejando fuera la moral?

R—Es muy difícil, por supuesto. Tampoco tengo una llave argumentativa para decir que la guerra va a estar siempre o no. No creo que haya una clave para argumentar en una posición o en contra… Pero sí creo que si no tuviéramos una guerra tendríamos otras. Si somos un poco freudianos podríamos pensar que, bueno, a lo mejor podemos evadirnos de las guerras… incluso foucaultianos, Foucault también lo dice. Podemos evadirnos de las guerras en el campo de batalla y demás, pero luego esas guerras se subliman o se llevan a otros apartados, a la propia política. La política sería la guerra por otros medios, como dice Foucault. Entonces la guerra hubiera existido en formas más dinámica, más o menos civilizadas, más o menos sangrientas, pero en cuanto hay ideas, en cuanto hay lenguaje, en cuanto hay discursos, hay conflictos y esos conflictos se canalizarían de algún modo.



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