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José Hierro



Remordimiento



I

InĂștilmente fui
recorriendo senderos
entre mĂĄrmoles.

Luz
de prodigiosa hondura.
(Toda la noche habĂ­a
llovido. Al clarear
cesĂł la lluvia. Nubes
navegaban el cielo;
nubes blancas.)

InĂștil
fue recorrer senderos,
buscar tu nombre. InĂștil:
no lo hallé.
Y recé una oración
por ti -Âżpor ti o por mĂ­?
Después te olvidé. Sean
los muertos los que entierran a sus muertos

II

Estaba
tan olvidado todo!
Pero esta noche...

¿Por qué serå imposible
verte de nuevo, hablarte,
escucharte, tocarte,
ir -con los mismos cuerpos
y almas que tuvimos,
pero con mĂĄs amor-
uno al lado del otro...
(IlusiĂłn descuajada
del espacio y del tiempo
lo sé para mi daño.)

Yo te hablarĂ­a lo mismo que hablarĂ­a,
si yo fuese su dueño
mi verso: con palabras
de cada dĂ­a, pero
bajo las que sonara
la corriente fluvial
de la ternura.
Como se hablan los hombres,
conteniendo las ganas
de llorar, de decirse
'te quiero'. Sin llorar
ni decirse 'te quiero',
que es cosa de mujeres.

Qué quedaría entonces
de ti, después de tantos
años bajo la tierra.
Dónde hallarte - pensé
aquel dĂ­a. No estamos
jamĂĄs donde morimos
definitivamente,
sino donde morimos
dĂ­a a dĂ­a.

III

Pero esta noche...

Te abrazaría, créeme,
te besarĂ­a,
te darĂ­a calor,
te adorarĂ­a. HarĂ­a
algo que es mĂĄs difĂ­cil:
tratar de comprenderte.

Y te comprenderĂ­a
te comprendo ya, créelo.
Nos va enseñando tanto
la vida... Nos enseña
por qué un hombre ve rota
su voluntad, y sueña,
y vive solitario;
por qué va a la deriva
en el témpano errante
arrancado a la costa,
y se deja morir
mientras mira impasible
cĂłmo se hunden los suyos,
la carne de su carne,
su hermoso mundo...

IV

Son lĂ­neas sin sentido
Ă©stas que trazo.
Yo mismo no comprendo
qué es lo que dejo en ellas.
Acaso sea mĂșsica
de mi alma, arrancada
de modo misterioso
por tu mano de muerto.

Tu mano viva.
Yo pensé en ella, pero
era una mano muerta,
una mano enterrada
la que yo perseguĂ­a.

InĂștilmente fui
buscando aquella mano.
Se estaba convirtiendo
en festĂ­n de las flores.
En vaho tibio para
empeñar las estrellas.
En luz malva y errante
que da su son al alba.
EstarĂ­a mezclĂĄndose
con la tierra materna.
Se hacĂ­a mano viva:
lo que es ahora.

V

Te abrazaría, créeme.
Te darĂ­a calor.
Te comprendo ya. Entonces
no era tiempo. Fue un dĂ­a
de septiembre, en Ciriego,
-un cementerio que oye
la mar- el año mil
novecientos cincuenta.

Cuando vivĂ­as, eras
un extraño. Aquel día
entre mĂĄrmoles, fui
buscĂĄndote, tratando
de comprenderte. SĂłlo
esta noche, de modo
inesperado, al fin
he comprendido.

Tarde,
para mi daño.