www.Poemas-del-Alma.com


Josť Carlos Becerra



Ulises regresa



La frase que no hemos dicho,
cierta respiraci√≥n de la boca en el apetito del sue√Īo,
el silencio que comienza como una bandada de p√°jaros;
yo he depositado esa frase en el plato donde nos sirven la
cabeza del Bautista.

Estoy aquí después de extraviar mi mejor ofrecimiento,
aquí la escondida aptitud del metal con que los dioses antiguos
desnudaban la desgarradura del mundo,
el crimen como un acto fallido de amor,
la cicatriz invencible de la muerte, la vieja destreza de los labios
colectivos,
el llamado del mar, las se√Īales del p√°jaro sepultado en su vuelo.

Orden diurno no puedo darles de mí;
en mi esqueleto, en mi atrocidad lunar, lo que brilla es la escasa
sangría
que a√ļn queda de mis astros:
el punto m√°s peque√Īo y d√©bil de mi frase es un vago movimiento del
agua después del naufragio,
cuando todo ha desaparecido de la superficie
y el propio ritmo del mar adquiere la soltura de ciertas ausencias.
Y este desafío verbal, este arranque del alma,
este cuerpo a cuerpo de la noche con la leyenda
mientras la oscuridad toma la forma de los √°rboles, de los rostros
entregados a la apariencia del beso,
a√ļn este tiempo nos deja o√≠r el mar,
el antiguo quejido de las playas como una humanidad tolerada por
el sue√Īo de sus dioses
y por el golpe de pu√Īal de sus mejores asesinos.

El sabio desconfía del sabor a selva del alma,
del cuerpo que se ba√Īa en la s√ļplica de su propia carne espumando
congoja
de la mujer arrodillada ante lo abstracto del falo;
por ¬Ņqu√© significado ped√≠an ustedes a la noche?
¬ŅQu√© oscura raz√≥n de vivir aterraba nuestros labios
mientras la yerba nocturna crecía en vuestros ojos?

Y ese amanecer que alguien lleva en los brazos como un cacharro
que gime débilmente,
crecer√° cuando el sol se tope con su propia sombra
y un cultivo de llagas sedientas establezca en los pechos la curva de
la Historia.

Todos sabemos de alguna manera que el terror es una pasión sagrada,
una puesta en escena de nuestra propia inocencia
y de nuestra propia revelación.
Todos sabemos de esta boca alucinante que también está en nuestros
labios silenciosos,
todos sabemos de esa mejilla p√°lida con que a menudo designamos
la actitud de la tarde.

Una m√ļsica antigua se oye a lo lejos
y el silencio enciende el fuego de la vejez en el brasero de nuestras
casas.