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Gustavo Ossorio



La jornada perdida



Mientras camino, con mis manos desgarradas por sus muchos furores,
Voy viendo los muertos que se ocultaban en mi pelo.
Voy viendo sus sombras lineales que se descuelgan sobre mis huesos,
Sus entreabiertos costados
Por los que se escapa una luz húmeda.

Pesan mis dedos
Y el espanto tiene una figura conocida
Que crece como una corriente sin orillas,
Que va espesándose, roja,
Sostenida por mis ojos fijos,
Atenta a la tensión de mi alma que la contiene y la desea,
Por un mundo voy que no calma el misterio cotidiano.

¿Qué palabra digo, que la arena amenaza tragarme?
¿Qué compañía tengo que resplandece sin que yo la vea nunca?
¿Quién soy, que las estatuas caen derribadas si las miro?
¿Qué se apaga y declina cada vez que estoy solo?

Yo sacrifico mi mejor sueño
Para que mi pecho se cierre en el frío
Y se haga por fin la noche que espero

Una ciencia completa aprendo para soplar sobre la tierra
Y segar de raíz la melancolía que entorpece mis pasos.
Pero no puedo distinguir el bien de la ruina,
Ni mis palabras que el espejo repite,
De las visiones que me acosan para conturbarme.
Mi enseña veo igual a las de mis enemigos.
En balde, pues, paso volando por sobre el árbol consagrado.
Mis labios murmuran un nombre que nadie lleva
Y el miedo se establece entre mi ropa y mi piel.
Abandono el sol y el amanecer ya enfriado sobre las cosas.
Me voy en medio de vanas alegrías
Y dejo tras de mí un falso doliente que me imita.

He sido un ámbito gastado por su eco,
He sido perfecto como la sangre viva, sin saberlo.
Ahora quiero respirar apenas, para que arda todavía el estrago.

Un poder dentro de mí me excede,
Guía mis sueños y hace carne mi esencia bajo una gran piedra.
Mis goces veo como dulces llamas azules
Y la obscuridad se mueve para renovar mi sombra.
Todo esto ocurre y yo no puedo gritar.
Algo avanza adelante de mí y fortalece el recuerdo de las horas vacías.

Nada conozco ya en este lugar final:
Sobresaltos y fatigas regresan y se extinguen resonando
En el aire mío como una llave entre mis manos;
En el aire que es el mismo desde el primer azar, me miro
Y un hielo me echa entre las apariciones.
En el aire que junta mis actos
Me apasiono para establecer los días secretos
Y unas piedras hallo que alargan el vértigo para perderme.

No hay una pared sorda que acepte mi obscuridad sin llorar
Y yo me revuelvo contra la apariencia de las cosas,
Contra el movimiento y la memoria
Que cambia los nombres por ojos o por risas
Y a la muerte viste con un agua celeste para que pueda llegar.

Penetro gritando a la bóveda de plumas
Y de pie cayendo entre vidrios
Siento que una cara desesperada me mira morir
Sin alcanzar mi mano
Que empieza a resucitar en el recuerdo perdido.

¿Quién devora con ruido de dientes la tiniebla que habito?
¿Dónde estoy que tanta sangre veo y unas hormigas furibundas muerden mis pies?

Sobre un bosque de duros puños floto
Y mi cadáver me sigue atado a un hilo que yo tiro:
Estoy muerto y deslumbrante,
Mi imagen es una compañía para el apagado nombre.
Entro y salgo de mí.
La lámpara yace con sus fervores en silencio.

¡Qué invisible entre tantos oleajes!
¡Qué destruido lleno de pelos, de algas, de pequeñas sombras!
¡Qué cabeza tantas veces vista tiembla sin sus palabras,
Sin su almohada, sin sus venas!

El terror administro por mi permanencia y mi seguridad
Para que nadie esté alegre y los perros permanezcan fuera.
Alguien hay en la puerta que contempla estas cosas terribles
Y calla.