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Gerardo Guinea Diez



Ser ante los ojos (Al amanecer VII)



El ser y un oleaje que sube,
desde las paredes de la vieja casa,
que sube, hasta las aturdidas torres,
sitio de vigías y adormilados hombres
que imaginan la ciudad,
la de los perros callejeros,
la de los muertos,
la de las calladas avenidas,
la ciudad,
la del circo
y sus tartamudos payasos,
la que calló para sobrevivir,
la que fue muro contra el despojo;
la ciudad, la de las puertas entreabiertas
y los ojos acechantes,
aquellos que hacían guardia
para cuidar a sus hijos de la muerte;
aquélla, de nuevas avenidas
y héroes cansados,
ataúd visceral,
burla de los muchachos de la escuela;
la ciudad, laberinto de puertas
y objetos sin nombre,
sin apellido,
sin podredumbre,
perdurable.

La ciudad,
puerta de cristal,
espejo evanescente,
escaparate de trapos viejos,
hombres cansados,
mujeres jóvenes,
apetecibles,
de jóvenes que rinden
culto a las fisuras de la memoria.

La ciudad,
densa geografía del ser,
claridad adivinada que dibuja
a sus futuros hijos,
los vivos y los muertos,
los exitosos y los no tanto,
los de la lápida barata,
los que frustraron los sueños
de promisión de los héroes cansados,
ésos, los que derrotaron al sueño,
al vuelo de la mariposa,
los que interrogaron a Maximón,
los que dejaron a la noche
con pulmones de miedo,
los que rompieron la puerta de vidrio,
los que dejaron a las aldeas
como un pan herido,
hirviendo sus maldiciones.

El ser y todo el yo congregado,
en la llanura que parpadea su aurora.

El ser y toda la llanura,
boca insomne que abre
sus enormes labios
para narrar su penetrada inocencia;
el ser y el niño,
dual saliva que ejerce su oficio
en las largas, largas membranas
que humedecen amaneceres
y confines espirales.

El espejo y el niño hecho muchedumbre
para conjeturar la fisonomía de
los hombres y las mujeres.


El niño,
daga que atraviesa el verano
y descubre sus entrañas,
sus vísceras,
su olvido,
sus llamas,
sus deseos,
sus piernas,
sus pechos,
su boca,
sus labios,
sus miserias,
sus...

El ser,
el niño y la alteridad,
la de los habituales apodos,
la del pez que finge su muerte,
la de la sonrisa que transmuta en puerta,
en zona franca para postular delirios
y silenciados esplendores.


La alteridad
como repertorios recurrentes,
infinitos ahogados en la desnudez
de cuerpos, sumariamente fusilados
o tirados al mar en costales
que hoy nada más vuelven a tejer
las novias o las madres,
las del llanto quedito,
las de los dedos viejos,
las de nuestra fuerza terrenal.


El hombre
está satisfecho.
Vio al niño
y éste adivinó al hombre.
Ambos se iluminaron con lo visto.
Por fin emblematizan una verdad:
abrieron la puerta de cristal
y ésta fue una pesadilla dura,
roca de agua,
río de tiempo,
agua de barro,
lluvia al revés;
caminan,
ríen y se ven,
en silencio se descubren:
el niño y el hombre,
unidos por el espejo.
Una vez más ríen,
mueca que destruye
las decoraciones,
ya no hay preguntas,
pero tampoco respuestas,
¿qué importa?
están afuera y adentro del espejo,
son uno,
son verdad,
son mentira,
son escoria,
son lo que quieren ser
o lo que pudieron ser,
o lo que el charco de mierda los dejó ser,
¿qué importa ya?
¿qué importa?