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Basilio Fernández




ElegĂ­a



Lo que hubo en ti de roca, sangre y sigilo,
fue del Ășltimo viento estĂ©ril,
de la Ășltima nevada transitable, a los ojos
ya las banderas abatidas, solas.
¿Por qué nuevos caminos vas
acumulando noche, noche para siempre?
En qué colinas toma rumbo a los cielos
tu fluir de testigo delgado, actitud del alba?
Aquellas aguas grises,
aquel tardĂ­o florecer de las tierras aradas,
tu paso del otro lado de las lĂ­citas aves,
eran los simulacros de amor para el otoño.
Todo fue inĂștil, inĂștil como una bocina
entre las losas del mundo y las cabelleras
cansadas,
y ahora que un fusil me apunta a los ojos
y sobre mi cabeza caen ĂĄrboles tronchados,
te necesito: hĂĄblame muy cerca del pie,
muy cerca, sube lentamente en pudor de
neblina
hasta mi voz petrificada de emigrante celeste.
Vanidades, humaredas, glorias humanas,
no son tan inmĂłviles como yo mismo,
como mis vagonetas cargadas de recuerdos
que pasan sobre tus moldes terrenos,
sobre los senderos que hollaste
y que conducen a ti,
tan lejana de los viejos modos y de los dĂ­as.