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Raimundo Echevarr�a Larraz�bal



El poema de las horas



La hora del presentimiento

Una fragancia a carne gloriosa se disuelve
sobre la luminosa fiebre de mis tejidos,
como un embrujamiento celeste que me envuelve
como la metempsicosis de un séptimo sentido.

Caen las telarañas de la vida enfermiza
y se alientan los nervios en un ansia de sol...
todo se hace más leve, todo se sutiliza
como si me encontrara a doscientos mil volt.

¿Qué serán todas estas raras complicaciones
que nos dejan las manos estrujando visiones
que no hemos visto nunca con estos ojos hondos?

¿Qué serán esos labios que nos hacen un guiño
amoroso, en la sombra de paisajes sin fondo,
entre el amoratado resoplar del gran pino?


La hora sensual

Señor amoroso de las manos suaves
haz que mis caminos se lluevan de amor;
clava tus pupilas en mis soledades
y en cada tristeza gotea un albor.

Hoy que mis dos brazos son trinos de aves
Para hacerte un canto de espumas, Señor;
abreva mis venas llenas de saudades
con una mixtura de luna y de flor.

Ven Señor florido y dame la mano
–blanca y alargada– Señor extrahumano
con todos los dones que tú sabes dar...

Y después goloso –sexo te provoca–
muérdeme los senos, las manos, la boca,
hasta que la sangre se haga flor de azahar.


La hora muerta

Señor, que me has dejado con los nervios muertos,
con los ojos hondos de tanto sentir,
con los labios llenos de ruidos inciertos;
Señor, me has dejado muerto por vivir.

Ya no tengo aquellos temblores de loca
Que me derretían los labios en flor;
Ya no tengo aquellas fiebres en la boca...
Me has dejado muertos, los nervios, Señor.

Las manos se quedan sin las convulsiones
De sangre, que aquietan las viejas visiones
Y los labios sueñan blancas emociones...

Señor ¿qué será este cansancio de vida?
¿Será la juntura de la florecida
carne con la sombra de las cosas idas?