Andrea Zucthe (Bar Literario)

PARA LEERSE TOCANDO LAS PUERTAS DEL CIELO



Se trata de vos, siempre viva:

tierna, trémula como un vago rumor

de nívea paloma sobre la humedad

del alambre en los meses de invierno;

breve, como el querube instante de agua y de luz,

sellando su levedad en la inclinada

lejanía de la tarde,

o como la promesa pura de la verdad en la sangre,

de quien a solas en el silencio

sabe por quien la voz, y su desnuda permanencia.

 

De vos, alondra celeste del canto;

llama roja invencible -pequeño dolor-

que se nos ciñe a los huesos enfermos del ser,

dulce, así el caliente aroma de una cestilla repleta

de pan, al olfato sentido del hambre.

 

No eras tú el nombre

de la luciérnaga de agosto en una última felicidad;

ni la callada voz de la palabra rota

en un te amo que se nos llueve como agua y sal,

desde el músculo sangrante

a través de los verdes ventanales

de la casa desierta.

No eras la madre de quien se bebe

cual bebe un perrillo neonato

en alguno de los senos;

o aquella enferma, tendida en el lecho,

a quien su propio dolor sepulta

en el abrazo del hijo,

sin que se pueda tornarle su aliento.

No eras olvido alguno, o carta de posesión,

o palmera que se moje sus quebradas ramas

en la puta soledad de una mañana gris;

acaso ausente, o desconocida tú;

no eras, no eras, no eras.

 

Mas ahora vienes 

con un inmenso jardín de girasoles

sembrados en tu pelo negro;

y la ternura infinita de un ángel azul y oro,

viste de arcoíris los párpados

de tus ojos dorados frente al sol;

tu mano blanca 

(como la luna en el cristal oscuro del cielo)

llega con un racimo de zarzamoras dulces

para mi boca de sed;

tu inmaculado labio de concepción en flor,

tiene aún el antiguo color del vino nupcial

bebido en el abril de la nostalgia;

hay un halo de clara luz

-tal una ciudad anochecida y resplandeciente

en medio del desierto-

sobre tu diestra sien.

Ah, penúltima nota en esta partitura

del signo de marzo y el enigma de mi estío;

quién me diera rezar al mundo

en el vórtice de tus cuatro letras 

mi último beso, 

dejarle de tí, urbe de amor,

este poema no escrito.

 

C.O.A

 



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