Corsal Casoda

Oíd mi lira

Soy violín que lamenta

en los cuatro sollozos de sus cuerdas

el trueno y la tormenta

del arco cuyas cerdas

con triste acorde, alma mía, recuerdas.

 

Soy flauta sin aliento,

tempestad y catástrofe han borrado 

el beso y el acento

que habían con cuidado

brisa y calma en mis labios derramado.

 

Soy mísero laúd,

otoñal sepulcro de primaveras,

y gélido ataúd,

lecho de calaveras,

que cantando su grave voz tempera.

 

Soy solitario piano

que sus teclas retuerce conmovido

por el silbar liviano

silbando en sus oídos

de sombra que del Hades ha venido.

 

¡Oigo su eterno canto!

embelesado siento su suspiro,

y su ligero encanto

que da al dolor respiro

me ofrece entre sus versos buen retiro.

 

¡Te escucho, oh suave voz!

¡Arranca a mi arpa un último gemido

triste, amargo y atroz!

En letargo sumido

despierta, corazón, que harto has dormido.

 

 

 

 

 



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