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El poeta y la zíngara

El poeta y la zíngara

 

Qué hermosa la esmeralda

-desmigaba en la sesera el fiel poeta-

 

Que habrá tras su cintura,

que con tan solo contemplarla

el hambre se le pasa

y el frío es cosa buena.

 

Comprendiera de forma satisfecha

que el amor es un tesoro sin monedas.

Que los ríos son de piedra

si es el mar, una zíngara hechicera

 

Qué hermosa la esmeralda

que con tan solo abrir los ojos

ya se abriga el fiel poeta,

se derrumba su frontera.

 

Y en sus versos españoles,

al sentir de los pobres diablos

se les dona un rey, que es un sabio

también la voz primera

contagiados por muñeca y dedos largos.

 

Porque la mar no es de los hombres que la quieran;

es del sol, es de la tierra, es del viento que gobierna.

 

En un tejado, tras los ojos embrujados,

La Madre los observa y les enreda en su regazo.

 

¡Qué hermosa la esmeralda!

¡Qué hermoso el poeta enamorado!

 

Ni la soga en mitad del hampa,

ni el cobarde, que alimenta por penoso,

ni siquiera el destino inquebrantable

pudiera alterar el rumbo que comienza en ese baile

 

Que dicha es al poeta ¡tan grande!

Que tras hablarle a todo el mundo

estrujando nueve partes,

en un solo giro de caderas

se encontrara siendo mudo…

 

ante toda obra que emprendiera.

 

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