Hugo Augusto

Dentro del ataúd de Chejov

Me encuentro inmerso en la lectura del cuento Una noche terrible, de Antón Chejov. El autor ruso narra que Iván Petrovich Panijidin había asistido a una sesión espiritista y al regreso a su casa ―con una magnífica descripción del ambiente de una noche fría― encontró en el centro de su habitación, un ataúd…

 

    Estoy en un parque en medio de ejes viales. Mis tres perros corren en la jaula dispuesta para los caninos, a fin de que no molesten a la gente con su curiosidad olfativa. Ningún ruido me distrae hasta que vuelvo a escuchar la voz de la mujer indigente que vive entre los arbustos de Félix Cuevas y Gabriel Mancera.

 

    En opinión de mi hermana menor, yo no debería perder el tiempo con perros. Mi tía piensa que he cambiado desde que están en mi vida. Dejé de tener ordenada mi casa y ahora luce patas pa'rriba. Eso dice. Mi madre ruega para verlos fuera del departamento que me renta. Apestan.

 

     Todo tipo de pensamientos invadieron a Iván Petrovich Panijidin: si era su imaginación, si se trataba de una broma o si estaba muerto. No dejaba de observar el féretro, tampoco evitaba la temblorina. No sabía si adentro había un cuerpo, o si se hallaba vacío en su espera.

 

     Vuelvo a buscar a la mujer indigente y de mirada extraviada. En su dirección veo la funeraria de la esquina, allí, donde velamos a mi padre hace 20 años. Fue mi primer acercamiento a un ataúd. Una persona profesionalmente solemne me condujo a mirar las decenas de cajas mortuorias para elegir de entre ellas. Me decía el precio y el material de cada una. Me deslumbraba el blanco del tapiz al interior del encierro metálico o de madera. Era como comprar un artículo de lujo, deseaba lo mejor para mi padre, a quien había besado en su mejilla fría apenas hacía unas horas. Elegí la de costo intermedio.

 

    Iván Petrovich Panijidin no tocó el ataúd. Tampoco yo, sólo lo señalé y traté de salir corriendo, como él lo hizo hacia la casa de su amigo, con pálido rostro y respiración fatigosa. Sin respuesta en la puerta, decidió entrar. Aquella noche de Navidad las campanas del Kremlin llamaban a la celebración. De pronto, vio otro féretro más grande, y su agitación fue mayúscula.

 

    Cosmo me lame la mano y vuelvo al parque. Él fue el último en llegar a mi vida, primero compré a Orejas, una beagle que le regalé a mi hija. Las dos se fueron a Mérida con mi exesposa. A los pocos meses adopté a Tulip, la pastor belga que abandonaron en una alcantarilla, la más inquieta, quien destruyó mi sala y comedor. Solía jugar mucho en el parque con Cosmo, un criollo de maltés y french poodle, a quien le buscaban casa en adopción. Un buen día me decidí y lo traje a vivir con nosotros. Después de dos años, regresó mi hija conmigo, con todo y Orejas. En ellos encuentro una gran compañía y ahora combino los escapes en la gran urbe con lecturas de cuentos y poemas. Mi compadre no entendería que esté perdido en medio de un parque, en lugar de investigar la trayectoria funesta de un exobispo de Tijuana.

 

    Iván Petrovich Panijidin huyó de la casa donde se encontraba y se dirigió a la del médico Pogostov. Tropezaron a los pocos metros y Pogostov ―a su vez alterado― le relató que también había aparecido otro ataúd en su casa. Ambos se helaron.

 

    Me vuelvo a sumergir en mis recuerdos, regreso a aquel frío lugar donde embalsaman a los cuerpos. Me preguntaron si deseaba presenciar el acto para ellos cotidiano. Negué con la cabeza. Me interrogaron si lo dejaban vestido. Asentí.

―¿Y los zapatos, se los dejamos puestos o se los lleva?

―Déjenselos puestos ―huí tan pronto como pude.

 

     La última vez que vi el féretro fue cuando lancé el primer puño de tierra en el cementerio. El sonido de las palas al arrastrar la grava sobresalía de entre los llantos.

 

    Iván Petrovich Panijidin y Pogostov tuvieron el valor de abrir uno de los ataúdes, donde encontraron la respuesta al enigma. No había muerto alguno, sólo la carta de un amigo pidiendo el favor de resguardar los ataúdes por una semana, ante la amenaza de embargo en la funeraria. A 20 años del entierro, sólo he vuelto una vez, cuando falleció mi hijo, a medio camino del embarazo. Mi exesposa y yo lo incineramos en Nueva York, trajimos sus cenizas y las esparcimos en la lápida de mi padre.

 

     La tía me recuerda la promesa de llevarlo a Chiapas, con el resto de la familia. No me atrevo a abrir el ataúd, tengo miedo de encontrar sus huesos y sus pies calzados con esos zapatos negros.

 

Verano 2016

Comentarios1

  • María B Núñez

    Muy buena narrativa, la disfruté!
    Saludos...



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