Salva Sosof

Prometo no Dejarte

Debo confesarte la verdad.

Cuando apenas te vieron mis ojos,

el alma mía halló paz, sosiego y alegría.

 

Inquieto, triste y sin paz

Despertaba mi alma todos los días

y, por las noches, en lágrimas desecho,

ni entre sábanas de algodón dormir podía,

porque tú no estabas aún conmigo.

 

Hoy que llegaste, amor mío;

hoy que te he encontrado y te han visto mis ojos,

me doy cuenta que en toda mi leve historia,

eras tú a quien yo esperaba y quería a morir.

 

Ansioso te busqué en todas partes,

incluso donde no estabas.

Pregunté por ti y nunca me dijeron la verdad.

 

Pensé que eras Chonita, pero no.

Por su cabello largo, bien negro y quebrado,

pensé que eras Luisa, pero no.

 

Por la prontitud de su amor

y la gratuidad de sus caricias,

pensé que eras Karolina, pero no.

 

Por la sinceridad de sus sentimientos

y la sencillez de sus palabras,

pensé que eras Petronila, pero no.

 

En mis crisis y momentos negros,

dije: ¡de repente es Elena!,

por la suavidad y la ternura

de los besos que su boca me dio.

Pero no.

 

Por la belleza de su rostro

y por la arquitectura de su cuerpo,

también creí que eras Ana,

Pero no.

 

Por su loca y atrevida pasión;

por la maestría y el arte como besaba;

porque me reveló sus secretos más íntimos,

a punto estuve de creer y convencerme,

de que eras Andrea, pero no.

 

No eras Andrea. Porque de ella sólo recibí engaño,

amor fingido y falacia prolongada.

Por eso, al enterarme, lágrimas amargas lloré.

 

Por la dulzura y el néctar celestial de su boca;

por la suavidad de su irresistible mirada;

por la delicadeza y la fineza de sus palabras;

por la brillantez de su ignota inteligencia;

por la ternura original de sus caricias;

por la inocencia y la virginidad de su alma,

estuve a un paso de creer que eras

mi pequeña y hermosa Rebeca, pero no.

 

Tampoco eras Nátaly, ni Bárbara,

ni Angélica ni Lola ni Juanita.

¿La tierna Melina? Pues, tampoco.

 

En los ojos color de Miel de Clara Luz,

en la delicadeza de su piel blanca y angelical,

creí que estabas, Amor de mis amores, pero no.

 

¿Es Cande, Kelly, Susana, Yésica

o la apasionada loca aquella

con la que a besos nos comíamos

en ausencia y a escondidas de sus padres?

Así le preguntaba a diario a mi razón.

Pero el corazón rápido me decía que no.

 

La última vez que te busqué, Amor de mi Vida,

ahí donde tú no estabas,

fue  cuando, por sus ojos divinos,

cuales nunca en mi vida he visto,

creí que eras la amable Mireily,

pero tampoco lo eras.

 

En la multitud de besos que se acaban,

en el mar de caricias que se despegan,

en los “amorcitos” que a mi vida llegaron,

mi Gran Amor, no te encontré,

aunque sí rasgos de ti percibí.

 

Pero, hoy que ya te encontré

y mis ojos asombrosos ya te contemplan,

sé que eres tú la razón de mi ser, amor de mi espera,

sentido de mi vida y plenitud de mi gozo.

 

Y, por eso mismo, mi corazón y mi cielo,

esta vez, prometo no dejarte;

no te cambiaré por nada ni por nadie.

He decidido quedarme contigo

hasta que se consuman los siglos.

 

Prometo no traicionarte ni taparte la cara.

Todo lo que soy será solamente para ti.

Cada centímetro de mi cuerpo será solamente tuyo.

Mis ojos ya sólo te verán a ti.

Mis oídos sólo escucharán ya tu voz.

Mis labios serán solamente para tus besos.

Mi calor, mi sudor, mi pasión

y mi esencia, tuyos son para siempre, Vida de mi vida.

 

Pasaremos las noches juntos, muy juntos,

en la misma cama y entre las mismas sábanas,

solos tú y yo,  MI BELLA E INCOMPARABLE VOCACIÓN,

porque te amo con todo mi joven corazón.