Augusto Cuerva

Preciosa y el aire

“Preciosa y el aire”

A Irene le llamaban la que no tenía sombra, porque a fuerza de caminar descalza por los tejados se le había quedado la sombra enredada en una veleta y ya no sabía bajarla. Vivía en una casa de cal y de geranios, con un patio donde las gallinas ponían huevos de oro y un pozo que no tenía fondo, sino memoria.

Una tarde de agosto, cuando el aire andaba borracho de calor y las chicharras serraban el silencio en dos, se le apareció el viento. Venía por la calle de los cipreses, con su camisa de lunas y su bastón de relámpagos, y al verla se paró en seco, como un caballo que huele el abismo.

—Niña, niña, ¿adónde vas con esa falda de fuego y esos pies que no tocan la tierra?

Y ella, que era más lista que el hambre y más fresca que una lechuga de mayo, le contestó:

—Voy a la casa del agua, a que me presten un peine de espuma y un espejo que no mienta.

El viento se le acercó. Le olió el pelo —un pelo que olía a romero y a sal—, le miró los tobillos, que eran dos caracoles de nácar, y le dijo con una voz de caña rajada:

—Atrévete a seguirme, niña, que te voy a enseñar las ciudades donde los hombres no tienen nombre.

Pero Irene no era de las que se asustan con cuentos. Se subió a la tapia, se recogió la falda, y le gritó al viento, con una risa que se oyó en todo el barrio:

—¡Atrévete tú, cobarde, a bajarme de esta tapia sin que se me caiga el pañuelo!

Y el viento, que no estaba acostumbrado a que le hablaran así, se puso furioso. Sopló y sopló. Arrancó las tejas de la iglesia, volcó los cipreses, hizo volar a las palomas como pañuelos de bautizo. Pero Irene seguía en la tapia, con las piernas cruzadas y el pañuelo en la cabeza, mirándolo con sus ojos de aceituna.

—Sopla más, tonto —le decía—. Sopla más, que mi abuela soplaba más fuerte para encender el horno.

Entonces el viento comprendió que había encontrado a su dueña. Se agachó, hecho un suspiro, y le dijo:

—Niña de los pies de plata, perdóname. Desde hoy seré tu perro, tu abanico, tu pañuelo. Llévame contigo, que me muero de no tener a quién empujar.

Y ella se lo llevó. Se lo puso en el pelo como una flor, y el viento se quedó allí, manso, peinándole los rizos, mientras Irene bajaba de la tapia y volvía a su casa a freír berenjenas.

Por eso, cuando en agosto el aire sopla fuerte y despeina a las muchachas, no hay que asustarse. Es que anda buscando a Irene, la que no tenía sombra, para preguntarle otra vez si quiere subirse a una tapia a ver el mundo.
Autor: Augusto Cuerva Candela 
País: México 
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