Axioma

Memoria de domingos

\"Memoria de domingos\"

Cuando no hay mucho que decir, habrá que callar. Callar para escuchar el canto de los pájaros entre las ramas y quedarse en compañía de la nostalgia.

En estas horas del café y la galleta de avena, del agridulce y del crujir, uno intenta guardarse las palabras en los bolsillos del abrigo. Pero no alcanzan, y tampoco es posible arrojarlas a la vereda.

Habrá entonces que arrugar las palabras como papeles, hasta que todas quepan en un puño cerrado, hondas y necesarias:

Hermano mío,

¿tienes forma de mirar al cielo
esta mañana de domingo,
de abrir tu ventana masticada de óxido
y correr el cerrojo
que otras manos retiraron,
por donde ahora discurren tus dedos?

Detrás de las horas
de tu sacra piel
habitan
las manos de tu madre
sobre tu llanto,
y el polvo de tu padre
sobre tu presencia.

Tus manos sobre mis manos
y sobre las brasas de tu fuego.

Solloza,
y deja que algún viento
me traiga la brisa de tus ojos,
el murmullo de tu voz quebrada.

Ahora,
mientras les nace un nuevo corazón
a los viejos hombres,
nos mastican entre sus fauces
y nos engullen
sin hambre en sus estómagos.
¿Lo sabías?

Hermano mío,
tengo que contarte
que he levantado las manos
en señal de rendición,
de mi propia nulidad.

Que ya no escribo poesía
porque se me moja la voz
con la lluvia de mis pupilas,
y esto me basta.

No quiero los halagos
ni editores ni editoriales.
He dejado mis textos
a merced de sus faltas.

Y ahora hago un esfuerzo para escribirte
porque nunca supe escribir cartas,
solo escandir mal los versos,
pero versos, al fin.

Y tú sabes lo difícil que es la prosa,
pues tú, como yo,
de niños
nos alimentábamos de versos,
cuando eran necesarios los sueños
para sobrevivir.

Resiste
mientras te nutres de ensueños.

Apenas
sé pronunciar unas pocas palabras
y regalarlas en pequeñas cajitas
para el fin de año.

Te he guardado una en el armario.
Espero que te guste,
que todavía te ajuste
y conserves la misma talla
a tu regreso.

Pero ya están aquí las palabras afiladas
en las bocas de otros,
en los compendios de la ley,
con su letra pequeña
y sus páginas densas.

Y me cuesta leer
sus redundancias y excesos.

Ahora que he perdido los lentes,
me cuesta leer aún más,
y más aún ejercer
la palabra adoctrinada,
la palabra domesticada,
la palabra que nace
de la boca del arlequín.

Solo me son familiares
las palabras que hiparon los hípsters
y que nadie quiso escuchar
en las noches improvisadas
de la vieja Managua.

Como aquella noche en que nos despedimos
y no quise acompañarte
al bus del destierro.

Hermano mío,
te cambio tu domingo por mis domingos,
tu cielo por mis cielos azules,
que existen,
tan diferentes,
para los dos.

Ricardo Castillo, 2019.
Foto: Tony Vaccaro, O’Keeffe at Breakfast (1960).