La noche desata su manto de sombra,
y el mundo se calla para oír la melancolía.
En el pecho, un tambor de ternura nombra
la dulce sinfonía de la vida mía.
Suenan notas lejanas de un violín melancólico,
un vals que suspira en la penumbra fiel,
y el pulso del tiempo, constante y simbólico,
dibuja caricias sobre fiel papel.
Es el afecto que danza en la cuerda invisible,
la música blanda que alumbra el dolor;
un latido hondo, sincero, invencible,
que late en secreto cantándole al amor.
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