Me parece estar atrapada
en una red invisible
entre lo divino y lo humano
cada vez que te pienso.
Mi mente viaja, divaga,
se pierde en universos que no conozco
y, por un instante,
experimento la extraña sensación
de haber tocado el cielo
con la punta de mis sueños.
Hay algo en ti
que me eleva más allá de lo tangible,
que convierte tu recuerdo
en una especie de milagro
que mi alma no sabe explicar.
Pero, al mismo tiempo,
me habita un vacío profundo,
una tristeza que se abre paso
entre tanta luz
y me obliga a recordar
que tenerte solo es posible
en los territorios de mi mente.
Y entonces me quedo suspendida
entre lo que siento y lo que existe,
entre la dicha de imaginarte a mi lado
y el dolor de saber
que no puedo alcanzarte.
Quizás esa sea mi condena:
haber encontrado en ti
una forma de tocar el cielo
y tener que regresar,
cada vez,
a la tierra de tu ausencia.
Porque cuando te pienso,
lo divino parece posible;
pero cuando despierto,
lo humano me recuerda
que hay amores tan inmensos
que ni siquiera pueden
convertirse en realidad.