El cronista sin puerto

Moriré en Cusco, en aguaceros.

Por la calle Loreto camina mi suerte,
entre muros incas de exacta unión;
piedras que desafían la mano y la muerte,
sin mezcla, sin miedo, sin explicación.

Las mujeres tejen; los siglos conversan,
la piedra conserva su antigua verdad;
yo busco en sus juntas las partes dispersas
de un hombre cansado de tanta maldad.

La cúpula asoma, los guías relatan
la historia que el tiempo no pudo borrar;
bajo antiguos arcos las gentes se embriagan,
y yo, forastero, no dejo de andar.

¡Pero hay fantasmas que ignoran distancias!
Vuelven las llamadas, la infamia, el dolor;
hay nombres que arrastran antiguas desgracias
y juicios ajenos que ensucian el honor.

Me dicen: «Tu conciencia está limpia».
¡Qué amarga sentencia cuando hay injusticia!
Ser inocente no evita la herida,
ni devuelve al hombre los años de vida.

La Catedral lleva sus heridas abiertas,
también yo mis ruinas intento ocultar;
Cusco me ha cerrado demasiadas puertas,
pero esta vez no me pienso marchar.

Que llueva, que truene, que tiemble el sendero,
que el cielo se rompa sobre mi sombrero;
me moriré en Cusco, bajo sus aguaceros,
pero no entre las ruinas de mis años primeros.

Que el pasado conserve sus propias ruinas.
Yo ya no tengo más vida que regalarle.