Llama voraz que devoras el daño,
soplo que calma la herida y el duelo,
toma este peso que arrastro hace un año,
alza mis restos dispersos al cielo.
Llévate el alma que el pecho me quiebra,
este cansancio que ya no sostengo;
haz de mi sombra una débil culebra,
quema la forma que ahora retengo.
Fui ceniza y fui fuego encendido,
lumbre y pavesa latiendo a la par;
hoy solo busco el descanso y olvido,
dejar las cadenas y al viento volar.
Hazme una brisa sutil que no sienta,
humo que ascienda en silente renacer,
que caiga la niebla, que calle la afrenta,
y empiece de nuevo otro amanecer.
Consume la culpa, la rabia y el llanto,
borra la queja de este corazón;
transforma mi vida en alivio y en canto,
purifica el alma en tu eterna ignición.
JH Rubio Rivera