Sentado, frente al espejo de su cómoda,
yace el sujeto,
incómodo
con el escenario de su vida.
Se para, y tratando de no perder de vista
lo que tiene en mente
una parte de él desea,
¿con todas sus fuerzas?,
distraerse.
Se acerca a la ventana,
por un momento todo es tranquilo,
después vuelve el ruido:
un bebé llora en los brazos de su madre,
una madre que caminaba por la acera,
cerca a las Magnolias.
No obstante, aquel ruido le sirve,
el sujeto
vuelve
en sí
por un instante.
A veces los libros son como las pastillas,
—reflexiona—
después de haber leído a Hesse.
Uno puede identificarse,
hallarse comprendido, escuchado,
casi abrazado,
y el alivio consigue aplazar un poco la desesperación;
pero,
como las pastillas,
funcionan por un tiempo.
No es solo nostalgia,
aunque también está,
y ya con treinta y seis
encima,
le resulta moderadamente insostenible
que sea uno de los rasgos más presentes en él.
Luego se presta La muerte del padre,
Casa tomada,
El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes,
Y se acoplan de allí, los de siempre...
Camus, Kafka,
Wilde y Dostoievski,
pero los pensamientos
mis pensamientos
esos pensamientos
revolotean
revolotean asquerosamente.