Vjekoslav Darlić Mardešić

Florencia

Al alba, un hombre de capa negra

y sombrero de paja

despierta en el pueblo oculto.

 

Ordeña sus tres vacas:

veinte litros de leche justos,

un vaso tibio sobre la mesa,

un pedazo de queso rancio

y las pocas monedas que miden el día.

 

Su corazón calla

desde que los pastizales enmudecieron.

Allí descansan sus tres únicos amores,

su propia sangre:

la Florencia joven,

la Florencia adulta,

la Florencia vieja.

 

Tal vez en la ciudad

lo aguardaba el reencuentro.

Descendió por valles y vientos,

guiado por los ojos de la noche.

Encontró la urbe de los miles,

más densa que los granos de trigo

de su tierra.

Todos sostenían aperos rectangulares.

Movían los dedos 

con una habilidad asombrosa,

extrayendo de las tablas una luz blanca,

pálida como el suero.

Nadie lo interrumpió;

en su memoria,

el carpintero labraba la madera en silencio.

Dio la vuelta

y regresó a la aldea,

cargando solo el peso de la distancia.

 

Allá siguen

los moradores de la urbe,

entrenándose incansablemente

en el noble oficio

de ordeñar una luz

que no se bebe.

 

Como la hiedra que intenta trepar la nieve

sin hallar un sol de invierno,

el hombre de capa negra

y sombrero de paja

dejó de oír la tierra.

Murió.

En su pueblo, todavía no hay señas de Dios.