El desalmado

LOS BRAZOS EXTENDIDOS

A la manera de las morales fábulas del Siglo de Oro.

I

Entró el piadoso sabio en la ribera

del Infierno, de sombras y desvelos,

mas halló allí risueña primavera,

digna de competir con altos cielos.

Árbol fecundo y frondosidad era,

cargado de manjar y caramelos,

con manzanar de púrpura y granadas

que penden de las ramas sazonadas.

II

Mas vio que la turba enflaquecida

padecía en mitad del bello prado,

pues por extraña pena y no sabida

el codo de cada uno lesionado,

rígido el hueso, el alma malherida,

su brazo estaba recto y estirado,

de suerte que el bocado delicioso

llegar no puede al labio codicioso.

III

Toman la fruta de la hermosa rama,

mas siendo el brazo estaca de madera,

la boca en vano el alimento clama

y el hambre su socorro en vano espera.

Allí el dolor su condición reclama,

allí la envidia en rabia desespera:

teniendo la abundancia bien servida,

mueren de hambre al pie de tanta vida.

IV

Pasó el viajero al Cielo prometido,

y halló el mismo vergel, la misma huerta,

el fruto de mil luces encendido,

la misma rigidez, dura y abyecta;

mas no se oía llanto ni gemido,

ni el rostro presentaba la tez muerta:

reina la paz, la risa, la esperanza

y el corazón colmado de alabanza.

V

Miró el hermoso ardid de los amantes:

nadie intenta su propia boca llenar;

extendiendo los brazos anhelantes,

van la fruta en los labios a sembrar

del prójimo que tienen por delante.

Así logran el hambre mitigar:

quien alimenta al otro es sustentado,

y por el bien ajeno es bien pagado.

 

Epitafio Moral

 

El Infierno es vivir como un mezquino,

porque el bien del hermano lo rechazo;

mas el Cielo se alcanza en el abrazo

que alimenta la boca del vecino.