Veinte días bajo otros cielos, lejos de las coordenadas conocidas, donde el mundo tiene otros nombres y la historia todavía respira entre las piedras.
Estambul... allí donde dos continentes parecen encontrarse para conversar sobre el tiempo y sus memorias.
Capadocia, con su geografía de otro mundo, sus montañas esculpidas por los siglos y aquellos globos que al amanecer parecen liberar los sueños de la tierra.
Después, el desierto. La inmensidad abriéndose paso hasta donde alcanza la mirada.
Dubái y los Emiratos Árabes, con sus ciudades levantadas hacia el cielo, sus arquitecturas imposibles, su manera de demostrar que también los sueños pueden aprender a tocar la tierra.
Y más allá, las huellas de antiguas civilizaciones, columnas que alguna vez sostuvieron grandezas, caminos por donde todavía parece escucharse el paso de quienes hicieron historia.
He visto el tiempo de muchas maneras: en la piedra que resiste, en la arena que no guarda huellas, en el acero que busca las alturas.
Qué pequeño resulta el mundo cuando uno se atreve a descubrirlo, y qué inmenso se vuelve cuando permite que nos sorprenda.
Regreso con veinte días en la memoria, pero no son las fotografías lo que más quiero conservar.
Es esa sensación de haber descubierto que todavía existen lugares capaces de detenerme la mirada, que aún hay culturas que pueden asombrarme, que la vida no ha terminado de mostrarme sus dimensiones.
No sé cuántos horizontes me esperan, ni cuántas veces volveré a sentir esa emoción de estar frente a lo desconocido.
Pero hoy sé algo: hay viajes que nos llevan lejos y otros que, sin que lo advirtamos, nos devuelven a nosotros mismos con una mirada nueva.
Y yo he regresado con el mundo un poco más grande y las ganas de seguir descubriéndolo intactas.
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Rafael Blanco López
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