La traición a la lealtad no merece rencor, amistad ni castigo, pues quien traiciona por sí solo termina perdiéndose en el abismo.
Quien falta a la lealtad, como espada quebrada sobre una roca, pierde aquello que le hace digno.
Y así, cuando lo que se creía amistad era solo interés, y la confianza que parece perderse nunca ha existido...
Lo que nunca se ha de perder es la dignidad ante uno mismo.