Soy una especie de hombre que todavía desprende pedazos de niño; arrastro la sangre de los ayeres mientras trago una bocanada de humo dorado. Soy la revelación de dos montañas que fingieron ser llanuras, con hábitos no euclidianos, esferas sedientas de espejos y micrófonos incapaces de soportar frecuencias altas. Soy esta clase de escritor que solo busca complicar tu lectura, aunque lo más honesto es admitir que no sé qué soy, solo que siento demasiado. No lo entenderías si fueras una máquina, pero si un humano está leyendo esto, tal vez comprenda con exactitud la caída de estas nubes de tintes dispares, de vectores y fuerzas distintas; esas lluvias suspendidas que uno debe cruzar procurando esquivar cada gota.
Las palabras me asedian y los pensamientos se agolpan con una insistencia casi rutinaria. ¿Piensas demasiado? Si me detengo a pensarlo, tal vez logre desenredar cada medusa que, igual que los imanes al quebrarse, engendra infinitos…
Este semestre fue un naufragio: la mayoría de las materias se quedaron en el camino. Me angustia, me duele y busco anestesiarlo consumiendo píxeles que simulan intimidad mientra excito un cuerpo que no reconozco y contemplo un sexo del que no formo parte. Al fondo, una mano, unas caderas; en una esquina, la blusa rota, toallas femeninas; el agua me invade y me asfixia, recorre mis venas y colma mis pulmones hasta formar un mar en mi interior. Esa mano se aleja mientras corro tras ella con desesperación, escupiendo toneladas de agua, llorando ríos que bajan de las cumbres a abrevar a los animales y hacer brotar las flores.
Cuando su piel roza la mía, evapora mi mar y vuelvo a respirar. Junto su cadera con la mía y el agua acumulada se vuelve nube. Salto sobre ella y junto a ella; después me precipito al vacío y, al romper el contacto, la nube regresa de golpe a mi pecho.
Aquel ciclo se repitió durante milenios: la humanidad mutaba y la tecnología retrocedía a su génesis para culminar en el desenlace. Hasta que un día, al soltar la mano, fue ella la que me sostuvo. Una cicatriz en la muñeca —un trazo apenas perceptible— se me hizo entrañablemente familiar. De pronto las formas se esclarecieron: jamás hubo una mujer; no era más que mi propio rostro ante el espejo.