MIGAJAS DE HAMBRE
Comadre, mi negrito amaneció muerto,
creo que murió de mengua
y por la falta de remedios;
aunque hice muchas diligencias
buscando salvar a mi pequeño.
Incluso le fui a pedir al mismísimo gobierno,
sin embargo, comadre, nunca completé el precio,
porque voluntad me sobró, pero me faltó dinero.
Hoy, comadrita, lloro la ausencia de mi negro,
el único que me acompañaba en este desierto.
Estaba tan flaquito, casi estaba en el hueso,
aunque lucía hinchado cuando ya estaba muerto.
Parece que los dolores se lo comían por dentro,
como se comen las almas a este aguerrido pueblo,
que aunque lucha con denodado empeño,
siempre es vapuleado por las huestes del gobierno.
Lo mismo ocurrió con la muerte de mi pequeño:
me mandaron flores y hasta acuerdos de duelo,
y vino una representación de autoridades del pueblo,
como brindándome un apoyo y consuelo.
Pero nunca me ayudaron cuando acudí a ellos,
pidiéndoles limosna para comprar los remedios;
por eso murió mi hijo, murió mi pobre negro.
Hoy lo tiene mi Dios, protegido allá en el cielo,
seguro estará cantándole a los recuerdos,
o rezando por su madre que vive en este infierno.
Mientras el tiempo pasa y nos quedamos durmiendo,
seguiremos siendo víctimas de este nefasto gobierno,
que nos brinda migajas de hambre y se jacta de ello,
como la pensión, que no sirve ni para ir al cementerio.