Mis besos ya no incendian tus labios;
ahora se desintegran en polen de escarcha
antes de tocar la frontera de tu piel.
Cuando mis dedos naufragan en tu pecho,
se desprenden estalagmitas de silencio que flotan
y se vuelven nieve en tus pezones.
El otoño ha construido un zoológico de hierro
invisible alrededor de nuestro pulso:
estamos juntos en la misma jaula,
pero tu cuerpo habita en otra galaxia de espejos rotos.
El sol huyó de tus pupilas y las mariposas que antes
anidaban en tu vientre se han convertido en ceniza
disecada que el viento del tiempo ya no sabe mover.
Ningún sismógrafo, ningún alquimista del tacto,
ni los sortilegios de una terapia de sombras
pueden despertar el magma fósil de este volcán.
Porque cuando la pasión
—el latido ciego del amor— entra en coma,
el amor sobrevive como un fantasma de sal,
un reloj que sigue dando la hora en una habitación
donde ya no hay tiempo.