Alberto Escobar

Mantengo

 

Mantengo un pulso;
que ninguna célula,
por minúscula que sea,
decaiga, que conserve 
la línea, la comunión, 
la cadena, y la carne es 
débil, el polvo se acumula 
si no lo miras, la cama 
que no se hace se acostumbra, 
los granitos de sustancia 
grasienta que se desgajan
de lo que como se hacen piedra,
se agarran a la superficie
y se pegan, se apegan, 
y dice la televisión que el apego
no es bueno. 
Mantengo el pulso, la intención,
la ganas contra una entropía
que gana confianza si la dejas, 
que entra en mi cuarto,
conversa conmigo y se sienta
en la cama, y mientras habla
de naderías —porque de otra cosa
no habla— le marco por delante
de sus pies una línea roja, 
se sorprende pero me respeta
con tal de que la deje conversar, 
necesita que la escuchen, compañía,
hasta que aburrida sale del cuarto
al resto de estancias de mi casa,
y lo emputrece todo, es su hobby,
es lo que le divierte, emputrecer...