Jose Hugo Rubio River

Elegía del corazón cobarde

 

José Hugo Rubio Rivera 

La primera vez que Joseph vio una guardia comunitaria —no las de la capital, con templetes de aluminio, lonas serigrafiadas y consignas aprendidas en folletos universitarios, sino las trincheras abiertas en el lodo de San Isidro de las Piedras— comprendió con un frío en la nuca que la política no se hacía en los discursos. Se hacía en la intemperie.  

Llegó al asentamiento a los veintiocho años, arrastrando una mochila de lona deshilachada, dos tomos ajados de El Capital y una biografía de Trotsky que por las noches le servía de almohada. Cargaba, sobre todo, una década ininterrumpida de militancia: desde los diecisiete años, cuando en su pueblo repartió el primer volante clandestino, hasta los veinticinco, cuando el comité central lo comisionó a California para organizar a los jornaleros en las naves industriales de las empacadoras. De su sangre sabía poco, aunque cumplía religiosamente con la correspondencia: le escribía a su madre, que le respondía con trazos torpes de primaria bendiciéndolo y contándole las miserias del barrio; a su hermano, perdido en el norte, que le debía una llamada; y a su abuelo, que invariablemente le lanzaba la misma interrogante: «¿Ya comiste, mijo?». Joseph contestaba siempre que sí, mintiendo a medias, porque solo comía cuando el estómago le ardía lo suficiente para interrumpir una lectura.  

No había llegado a San Isidro a salvar a nadie, o al menos eso se repetía para expiar la arrogancia del pedagogo. La organización había resuelto expandir su base hacia esas tierras baldías y él, que carecía de patrimonio, de mujer y de arraigo terrenal tras un divorcio que aún le dejaba un zumbido amargo en los oídos, constituía el peón perfecto. Los primeros días los consumió caminando entre zanjas, censando chozas de cartón y escuchando los murmullos de los desposeídos. En la tercera asamblea general conoció a Marisol.  

Ella tenía veintiún años y una niña de cinco sujeta a la cadera. Había parido a los quince, casi al mismo tiempo en que le ceñían el vestido de tul barato de su fiesta comunitaria, y contaba aquel desgarramiento con una sequedad pasmosa que a Joseph le pareció, al principio, una proeza de valentía proletaria, y más tarde una cicatriz petrificada por la costumbre: el dolor narrado tantas veces que ya no duele en la piel, sino que se enquista en los huesos. Marisol era la primera en atizar las fogatas de la madrugada y la última en soltar el cucharón de las ollas colectivas. Sabía quién ardía en fiebre, qué anciano dormía sobre tierra húmeda y a quién le faltaba la firma para el amparo legal.  

Joseph, ebrio de dialéctica abstracta, sucumbió ante esa devoción práctica. Encontró en ella lo que a su formación teórica le faltaba: la entrega sin cálculo mercantil. Sin embargo, no advirtió la trampa de su propia psique. Como tantos intelectuales de vanguardia, Joseph no contemplaba a Marisol como a un ser humano con sombras y neurosis; contemplaba en ella al «sujeto histórico», al oprimido incontaminado al que debía tutelar ideológicamente para sentirse absuelto de sus culpas de clase.  

 

Las guardias eran un microcosmos descarnado de la fractura social. No existía allí una hermandad idílica forjada en el catecismo partidista; coexistía un mosaico abigarrado de desterrados. Un matrimonio de Oaxaca hablaba zapoteco y castellano con inflexiones distintas; un anciano expulsado de la sierra de Puebla intercalaba el vocablo pues como principio y fin de cualquier razonamiento; una familia de Guerrero cocinaba en cuclillas como si la patria entera cupiera en el hervor del peltre; unos jóvenes de Sinaloa se reían a carcajadas de su propia miseria; y una mujer de Chiapas, silenciosa como una piedra volcánica, observaba los movimientos de todos hasta revelarse como la estratega más lúcida del campamento.  

Cada cual arrastraba su dialecto, sus prejuicios atávicos, su recelo ancestral frente al vecino. Cuando la niebla caía sobre los cerros y los mechones de queroseno parpadeaban entre los jacales, Joseph terminaba de comprender la fractura: aquella masa resistía por necesidad fisiológica, por un pedazo de tierra donde caerse muerta, jamás por una formulación ideológica. La distancia abismal entre la urgencia del estómago y la arquitectura del programa revolucionario fue la primera herida que la militancia pura no le había advertido.  

En los juzgados de la ciudad Joseph aprendió la otra cara de la descomposición. La clase política no pretendía aplastar al movimiento ni redimirlo: se limitaba a administrar la podredumbre. Vio desfilar diputados de corte populista que descendían de camionetas blindadas con aire acondicionado, estrechaban manos con sonrisas ensayadas, prometían la red de agua potable y huían antes de que el polvo de la terracería manchara sus mocasines italianos. Vio magistrados que rubricaban órdenes de desalojo con la misma frialdad mecánica con que un cajero sella una factura de abarrotes. Y escuchó al delegado de gobierno, quien tras exhibir una dentadura carcomida por el tabaco, le espetó con cordialidad venenosa: «Joven, no se confunda. Aquí la ley no es la ley; la ley es el cabrón que tiene la fuerza para aplicarla». Joseph transcribió la frase en su libreta de notas. Después la convirtió en consigna de mitin, luego en argumento de amparo judicial, y al final concluyó que aquel burócrata no era un cínico vulgar: era un realista funcional en un régimen donde el cinismo pertenecía a la estructura misma del Estado.  

El desalojo se ejecutó en la madrugada más cruda del invierno. El capital inmobiliario, el poder judicial y las fuerzas públicas actuaron con precisión quirúrgica. Llegaron los trascabos derribando cercas y trescientos granaderos avanzando tras escudos antimotines. La comunidad opuso lo único que poseía: leña encendida, piedras recogidas del suelo, insultos quebrados y sus propios cuerpos. Marisol permaneció en la primera línea de combate sosteniendo a su hija con el brazo izquierdo y blandiendo una sartén humeante con la diestra. Joseph coordinó la resistencia hasta donde la sensatez lo permitió, y cuando las bombas de gas lacrimógeno tornaron irrespirable el aire, organizó la retirada estratégica. Las casetas de lámina ardieron bajo los reflectores. No se perdió todo: se rescataron actas, se dilataron los juicios y se sembró una rabia organizada que fructificaría en otras trincheras.  

 

Al concluir la emergencia, Joseph y Marisol unieron sus vidas en un cuarto de adobe rentado a la orilla del asentamiento reconstituido. La pequeña lo adoptó con una devoción inmediata y aprendió a pronunciar la palabra papá antes de cumplir los seis años. Durante un lustro, la precariedad se cubrió con una pátina de dignidad cotidiana. Joseph redactaba recursos legales por la mañana, impartía talleres de alfabetización por la tarde y escribía versos en los márgenes de los expedientes. En sus cartas, tranquilizaba a su madre asegurándole que la causa era noble; le juraba a su abuelo que no pasaba hambres; le prometía a su hermano un reencuentro que el tiempo postergaba sin tregua.  

Entonces sobrevino el error que cometen los doctrinarios cuando confunden la pedagogía con la dominación: introdujo a Marisol en las entrañas burocráticas del partido. La formó como cuadro militante. Le transmitió las categorías de análisis, las claves retóricas, la gramática del poder y las técnicas para conducir asambleas. Sin advertirlo, le estaba entregando las herramientas discursivas con las cuales, más tarde, el sistema social la impulsaría a aniquilarlo.  

Marisol asimiló la liturgia con una celeridad feroz. En seis meses ya no era la muchacha silenciosa de las fogatas; era una oradora que manejaba con soltura el léxico de la opresión y la autodefensa colectiva. Joseph celebraba en público su desenvolvimiento, ciego a lo que realmente se estaba gestando: la apropiación de un relato en un entorno donde los desposeídos ya no luchan contra la burguesía, sino que compiten a muerte entre sí por migajas de legitimidad.  

En una sociedad donde la lucha de clases ha sido atomizada y reemplazada por rencores identitarios, la vulnerabilidad deja de ser una herida compartida para convertirse en un capital político. Marisol, marcada por la violencia estructural desde su niñez, comprendió instintivamente esa mutación contemporánea. No requería demostrar una explotación económica para afianzar su control; bastaba con movilizar la sospecha moral.

Comenzó por socavar los afectos periféricos. Se convirtió en el centro de las conversaciones informales, administrando confidencias, dones y silencios oportunos. Joseph empezó a notar que las charlas entre camaradas se interrumpían cuando él entraba a las salas de reunión. Brotaron los diagnósticos al paso: que Joseph se mostraba autoritario, que Joseph ejercía violencia psicológica, que Joseph no toleraba el protagonismo de una mujer surgida de las bases. La acusación se perfeccionó con el paso de las semanas: golpes jamás atestiguados, revisiones de correspondencia, infidelidades sistemáticas.  

Nadie exigió peritajes ni contrastó testimonios. En la era del linchamiento moral, una narrativa eficaz no requiere pruebas materiales; precisa únicamente de una atmósfera dispuesta a consumirla. Marisol encontró oídos dóciles entre los familiares, entre los colonos que resentían la disciplina que Joseph imponía en la rendición de cuentas, y entre figuras secundarias del movimiento que buscaban desplazar al cuadro histórico para negociar prebendas con el municipio.  

Joseph no asistió a un debate ideológico; asistió a una demolición por murmullo. Acorralado por la parálisis, comenzó a faltar a las asambleas. El partido, que durante más de una década había sido su hogar, su fe y su trinchera, se transformó de la noche a la mañana en un tribunal inquisitorio sin rostro. La militancia expulsó a su organizador histórico mediante un rumor bien dosificado.  

Una medianoche, antes de abandonar la habitación donde la niña dormía ignorante de la tormenta, Joseph abrió su cuaderno de pastas negras y dejó constancia de su propio naufragio:  

Ya lo presientes: cuando el canto muera

Y el sol raspe la sal sobre la huella,

Te apagarás en plena primavera

Sin que una mano guarde tu centella.  

Se marchó en silencio. No hubo escándalo público. Se llevó consigo la certeza desoladora de que la formación política no vacuna a nadie contra la bajeza gregaria, y que los mismos hombres que resistían a los granaderos eran capaces de linchar a su propio hermano en nombre de una pureza prefabricada.  

 

Vino el tiempo de la intemperie psicológica. Joseph alquiló un cuarto miserable en la periferia norte, donde la cal de los muros caía en escamas sobre el suelo de cemento. Se sostuvo impartiendo clases de historia y literatura en un bachillerato de barrio. Sufría esa depresión profunda que no se manifiesta con llanto, sino con una arritmia moral: la incapacidad absoluta de reconocer el sentido de los propios actos pasados.

Fue en ese aislamiento donde las lecturas de Freud y Lacan dejaron de ser adornos dialécticos para transformarse en instrumentos de autopsia personal. ¿Por qué había elegido a Marisol? ¿Por qué el cuadro disciplinado, el lector de Hegel, el hombre que analizaba las superestructuras del capital, había caído con tanta docilidad en aquella celda?

Comprendió que no existía en él una víctima inocente. Había operado bajo la pulsión soterrada del redentor: organizar a otros constituía su estratagema inconsciente para eludir el caos de su propio vacío afectivo. Al tomar a una mujer herida y a una niña huérfana de padre, Joseph había montado su propio tabernáculo heroico. Y Marisol, que no era un monstruo ni una perversa de folletín decimonónico, no había hecho otra cosa que responder con las armas de su condición material. Una mujer violentada desde la pubertad, cercada por la precariedad y desprovista de medios de producción, concibe los afectos como territorios de asedio. Para Marisol, la tutela bienintencionada de Joseph representaba una forma refinada de sometimiento. Al destruirlo a él, ella creía emanciparse; al apropiarse del discurso victimista, no hacía sino emplear la única tecnología de poder que la sociedad burguesa contemporánea le otorgaba a los subordinados para ejercer dominio sobre sus semejantes.  

Comenzó entonces a frecuentar a Dulcinea. Era maestra de primaria, ajena por completo a la jerga de las asambleas y a los dogmas del comité. Dulcinea no le exigía elocuencia, ni heroísmo, ni martirio. Se limitaba a prepararle té caliente, a mirarlo a los ojos cuando llegaba exhausto y a formularle la pregunta que su abuelo le hacía en las cartas: si había comido. Con ella, Joseph experimentó por primera vez la ternura como un espacio desprovisto de transacción política.  

Fue en ese remanso cuando el pasado llamó a la puerta. Marisol le envió mensajes, le habló con la voz rota, imploró perdón y le aseguró que todo había sido una confusión colectiva, que él seguía siendo el amor de su existencia. Por un instante, Joseph contempló el abismo de la reconciliación: la salida cobarde de absolverla para recuperar a la niña y restituir la comedia doméstica. Fue Dulcinea quien, sin aspavientos ni reproches, desarticuló la ilusión con una sola frase serena: «Joseph, deja de mirar lo que ella dice de sí misma; fíjate en lo que te ocurre a ti cuando estás cerca de esa historia».  

Al escucharse en voz alta, Joseph vio la repetición del síntoma. Descubrió mediante antiguos vecinos que antes de su llegada hubo otros hombres acusados con los mismos términos, y que tras su partida se hilvanaban ya nuevos expedientes contra otros militantes. No se trataba de una falta individual ni de una maldad metafísica; era una estructura clínica y social. Marisol estaba atrapada en un circuito cerrado de victimización y castigo, y él había sido el actor disponible que aceptó voluntariamente subir al patíbulo.  

Esa noche, en el margen de su libreta, escribió:

Yo te di mi hombro,

Como Hamlet ofrece su sombra a un fantasma

Que no sabe si es padre o destino.

Te conduje conmigo,

Ofelia temblando entre mis manos,

Y aun así te cuidé mientras dormías…  

Pero tu amor no es igual al mío.

Tal Narciso, solo te amas a ti,

Y yo —Hamlet sin reino,

Ofelia sin agua donde hundirse—

Una despedida que arde,

Que no suplica,

Que no vuelve.  

Cerró la libreta. Volver a ella no constituía un gesto de misericordia revolucionaria; encarnaba una reincidencia masoquista. Decidió no regresar.  

I. La dialéctica de la ceniza

La herida más sangrante no radicaba en el desengaño amoroso, sino en la defección del colectivo. Lo que Joseph no lograba asimilar en sus paseos nocturnos era cómo hombres templados en la huelga, curtidos por la represión policiaca, habían sucumbido al chisme más pedestre sin convocar a un análisis material de los hechos.  

La respuesta, sin embargo, no estaba en la traición moral, sino en las derrotas históricas del proletariado. Cuando las clases trabajadoras pierden la esperanza de transformar las relaciones de producción, canalizan su furia hacia el canibalismo interno. Las guerras intestinas, los tribunales punitivos y las purgas morales son los sucedáneos miserables de una revolución que no pudo ser. La militancia no se había vuelto perversa: se había vuelto impotente. Y en su impotencia, sacrificar a Joseph representaba un espectáculo purificador que aplacaba temporalmente la angustia de la derrota.

Aceptó esa amargura sin odio. Ni Hegel ni Marx lo eximían del duelo, pero le ofrecían una distancia clínica para no extraviarse en el rencor. Más tarde anotó:  

Este amor que pensé nuestro

Hoy resulta ser incierto,

Lo nuestro fue un momento,

Pero no divino logo,

Mi amor: contradictio in adiecto.  

En la estancia desierta el tiempo pasa,

La noche imprime su señal de cal,

Y mientras la ceniza se acompasa,

Llueve hacia adentro, ciego y sin caudal.  

Comprendió que amar verdaderamente entraña el riesgo de la devastación, y que errar en el objeto del amor no vuelve culpable a nadie: lo devuelve a su condición de criatura biológica expuesta al desamparo.  

II. La materia y el porvenir

Meses después, antiguos compañeros de base lo buscaron a la salida del colegio rural donde impartía clases. Traían la cabeza gacha, miradas cargadas de bochorno y balbuceos para pedirle que regresara a redactar los nuevos pliegos petitorios. Marisol había roto también con la dirección del comité, arrastrando a nuevos involucrados en querellas estériles.  

Joseph los escuchó sin soberbia ni complacencia. No les reprochó la cobardía de haber callado en la asamblea de su expulsión. Sabía que la verdad no es un dogma que se posee, sino una correlación de fuerzas que se conquista a contracorriente de la ideología dominante. No regresó a la organización, pero les entregó las carpetas jurídicas con los antecedentes de los terrenos comunales. La causa de la tierra no le pertenecía a él ni al comité que lo purgó; le pertenecía a los desposeídos que dormían sobre la escarcha.  

Una tarde de otoño, sentado bajo el follaje seco de un mezquite en el patio escolar, Joseph abrió el cuaderno de pastas negras. Ya no había en sus trazos la rabia del desalojo ni el veneno del agravio personal. Miró a los alumnos correr tras un balón desinflado sobre la tierra colorada y escribió con pulso firme:  

Soy loco que besa contradicciones,

Átomo errante en fábrica del tiempo,

Pueblo que suma sus revoluciones,

Memoria que camina contra el viento.  

No es la nostalgia el éter que suspira:

Es plusvalía del gesto no pagado,

Resto de clase que el sistema expira

En cada adiós que el pecho ha acorralado.  

Así aprendo: no hay alma que no sea

Relación social en movimiento.

Tu recuerdo dolerá pero en la pelea

Materialista de mi pensamiento.  

Cerró la pluma. Reconoció que la existencia humana no se amolda a los esquemas de los manuales. Junto a Dulcinea había aprendido que la emancipación no exige la inmolación constante, y que el cuidado mutuo de dos seres concretos es también una trinchera contra la barbarie del capital.  

En la última servilleta que conservaba en el bolsillo, trazó unas líneas destinadas a quien deseara descifrar las paradojas de su tiempo:  

La vida me enseñó a escuchar y callar,

El silencio es la puerta

Por donde pasan las ideas.

[…]

La vida también me enseña a luchar,

Y en la lucha aprendí a perdonar,

A nunca olvidar.

Tú me enseñaste a llorar.

Y cuando mi llanto se vuelva ámbar,

Será canto en la garganta de mi clase,

Será abrazo que rompe las cadenas,

Será del odio al sistema.  

La tragedia vivida no era el drama privado de un hombre traicionado por una mujer ingrata. Era la radiografía de una época en descomposición, donde las fracturas de una sociedad desgarrada por el capital transforman a los desposeídos en verdugos de su propia estirpe. Marisol encarnaba el síntoma de una precariedad que empuja a la sobrevivencia rapaz; Joseph, el testimonio de una conciencia que se rehúsa a capitular frente al cinismo. Al clausurar las páginas de esta historia, el lector no hallará la absolución de un santo ni la condena de un demonio, sino el espejo de una fractura colectiva que solo la abolición de las cadenas materiales podrá sanar.