Veinte primaveras cuentas,
y sesenta y cinco sumo;
en tu penumbra me consumo
mientras la razón afrentas.
Con tu juventud me tientas
y en el abismo me tardo;
mi viejo pecho es un cardo
que sucumbe ante tu vicio,
desafiando todo juicio
con la fuerza de tu dardo.
Eres la ninfa atrevida,
fuego de piel sin censura,
que desarmas mi cordura
con tu juventud prohibida.
Ves mi vida ya rendida
por la marca de los años,
pero ignoras los engaños
de un amor que es un delirio,
este lúbrico martirio
que me libra de los daños.
No me importa la condena
ni la culpa que me asalta,
si tu frescura me falta
mi propia sangre me pena.
En esta pasión ajena
soy un hombre que te desea,
que en tu cuerpo se recrea
sin medir la diferencia,
rindiendo toda conciencia
a la luz que en ti flamea