Como un suspiro que llega de repente,
desafiando mi mente
y generando inconstancia en mi presente.
Apareciste de repente,
como aparecen los recuerdos en mi mente.
No te esperaba;
solo orbitaba por ese universo
que mis pies traen a mí después de caminar.
Mi horizonte se nubló
cuando tu mirada me encontró,
y el camino, de repente,
se supo despejar.
Esperaba ver la luz de la luna
en aquella noche oscura
que tu presencia supo iluminar.
De repente estabas a mi lado
y pronuncié, en silencio,
con una mirada, mi asombro
por poder contemplar tu presencia.
Caminamos de la mano
sin tan siquiera tocarnos,
y desde entonces
no hemos dejado de andar.
Cada vez que te veo
vuelvo a expresar mi asombro
por la belleza que tu rostro suele llevar.
Eres casi perfecta,
si no fuera por ese montón de defectos
que también te suelen acompañar.
Defectos que para mí son virtudes,
porque con sensatez los compartes conmigo
y los hago tan míos
que ya no consigo contemplarlos como defectos.
No solo me entregas tu mente y tu cuerpo;
también me entregas tu alma,
esa de la que, desde entonces,
no he podido desconectarme.