Cuando decline este tiempo de cantares
y el Señor me transforme en puente de siete hilos,
sé tú, hijo mío, el rocío que lo anuncia,
el mediodía sagrado que lo enciende.
Si tras esta milagrosa locura de la tierra
tu alma elige el destino de las raíces y la copa,
yo seré el soplo que te bese el lomo
y la blanca pureza de la luna habitando tus ramas.
Pero si el misterio te prefiere madera silenciosa,
yo seré el madero que te cante.
Si en el confín de las palomas liberadas
vuelvo a nacer pequeño, hecho solo palabra,
sé tú la boca pura que la pronuncie,
el salmo del mundo que la vuelva eterna.
Si de este nido de risas y de carne
tu mudanza prefiere ser pura mirada,
yo seré la sed de beso que te espera,
la clausura del brazo que te guarda.
Pero si te haces madero aprisionado,
yo seré la caja de tu música.
Si te vuelves la sombra de la nostalgia,
mi pecho herido dará tu sonido.
Si te transmutas en criatura de alas leves,
sobre mis hombros posarás el vuelo.
Y si te elevas como noche plena,
yo seré el instrumento de tu ofrenda.
Cuerda, madera y vocablo,
tu eco de amor y juegos, seré.