Te quedaste ahí
como queriendo enloquecerme,
perdida entre las sombras de mis húmedas sábanas;
como si no pudiera tenerte.
Te quedaste, no te marchaste;
ahí, ahogada en la memoria vívida de mis sueños,
perdida y sangrante de sudor carmesí,
como si mi vida ya no tuviese dueño.
Te quedaste ahí,
atrapada en la inconsciencia de mi alma;
tal vez perdida entre rimas y versos
de aquellos que deseo para mí,
pero se pierden en tu propio universo.
Te quedaste porque así lo quise,
y porque así también lo quiero;
perdida en este suspiro que ya de por sí
se perdía entre las curvas de tu cuerpo placentero.
Te quedaste y no te marcharás;
haré de ti poesía profunda
cada vez que te sueñe otra nueva noche
para ahogar mi pasión de ti
en un verso de prosa moribunda.