Aquí la delincuencia es astuta,
sabe salir y entrar sin problema,
la ley parece de cartón y fruta,
que solo al pobre le pone sistema.
El ladrón sale antes de lo que canta
el gallo, y vuelve a salir de paseo,
y el ciudadano que lo aguanta
solo cuenta con su miedo y su deseo,
¡qué gran justicia tan eficiente!
Atrapa al pobre y suelta al valiente.
Los poderes funcionan de maravilla,
cada uno cuida bien al compañero,
si escarbas, encuentras la semilla
de negocios entre el público y el dinero.
«Es transparencia», dicen con sonrisa,
mientras reparten el pastel a trozos,
y si alguien pregunta, es de prisa,
que aquí no pasa nada… ¡qué falso!
Todos juegan en el mismo tablero,
y nosotros pagamos el dinero.
Un robo pequeño y vas a la cárcel,
robas millones y te dan abogado,
la justicia cambia de aire y de traje,
según cuánto tengas en el costado.
«Se está investigando», repiten siempre,
pasan los años y no hay resultado,
el caso duerme tranquilamente,
y el culpable… vive bien descansado,
¡qué imparcialidad tan encantadora!
Para unos hay celda, para otros… ¡Sonora!
Y al final nos dicen con cara seria:
«Estamos mejorando la seguridad»,
mientras el miedo ya es nuestra aldea
y la confianza… ¡qué gran falsedad!
Cambian leyes, hacen grandes discursos,
pero el bolsillo ajeno siempre importa,
y el que manda siempre tiene el curso
que le conviene a su propia costa.
¡Qué país tan bien administrado!
El que roba poco, es atrapado; el que mucho… ¡es respetado!