Ya se fue el Galán de los galanes,
donante de besos y de «te quiero»,
mercader de momentos tan vividos,
bribón de tantos viejos recuerdos.
Su lucha no pudo vencer al sufrimiento,
descansa ahora y recolecta sueños,
sigue cosiendo nuestras mitades,
uniendo… solo uniendo.
Se apagó su llama, que ardió hasta consumirse,
luchador, guerrero, imbatible e invencible,
se fundió como un muñeco de hielo,
entre cientos de lágrimas al despedirle.
El pueblo entero lloró tu partida,
y sobre tu altar, mil flores y anhelos,
tus «te quiero», ¡qué legado tan bonito!,
de aquella amistad que hoy vuelve en consuelo.
Eres el orgullo en persona,
para tu padre, tu madre y tus hijos,
un ejemplo de hermano,
¡cuánto derroche de cariño!
Tu familia te quiere y te extraña,
aunque entiende que no te has ido,
y todos llevan dentro de su alma
un pedacito de su Antonio vivo.
Te quiero mucho, tito.