Lo bueno de escribir
es que puedes darle libertad a tus ideas,
abrir de par en par las puertas de la mente
y dejar que el pensamiento se desborde,
sin límites, sin censura,
sin pedirle permiso a la moral.
Sobre el papel
nadie puede obligarte a ser bueno.
Aquí puedo ser aquello
que escondo cuando amanece,
aquello que la conciencia encierra
en habitaciones sin ventanas
y abandona bajo siete llaves.
Puedo dejar que mis pensamientos
caminen desnudos por la página,
que digan lo que jamás pronunciaría en voz alta,
que atraviesen las fronteras
que durante el día finjo respetar.
Porque también existen
ideas inmorales,
pensamientos que avergüenzan,
deseos que nacen torcidos
en los rincones más fríos del alma.
Y escribirlos
no significa obedecerlos.
Significa mirarlos de frente.
Un poeta puede ser cruel.
Puede abrir las celdas de la oscuridad
que habitan en su ser
y dejar salir aquello
que durante años mantuvo encadenado.
Que salgan.
Que arañen las paredes del poema,
que manchen los márgenes,
que respiren por última vez
antes de quedar atrapados
en la tinta de las letras.
Porque el papel no juzga.
El papel Recibe la culpa,
la rabia,
el deseo,
la vergüenza,
los pensamientos que nadie confiesa
y las sombras que uno mismo
no se atreve a mirar demasiado tiempo.
Después, cierro el cuaderno.
Y todo vuelve a quedar en silencio.
La oscuridad regresa a su celda.
El invierno vuelve a cubrirlo todo.
Pero yo sé que sigue ahí,
detrás de mis ojos,
esperando otra página,
otra noche,
otra oportunidad
para escapar.
Quizá por eso escribo.
No para contar quién soy,
sino para impedir
que todo aquello que llevo dentro
termine devorándome.