JUSTO ALDÚ

NACÍ PARA LA DANZA I parte (retrospectiva de Dame Margot Fonteyn)

 

Dame Margot Fonteyn: la mujer que conquistó los escenarios del mundo

y encontró en Panamá el último hogar de su corazón.

 

Por JUSTO ALDÚ © 2026

Un día cualquiera de noviembre, celebrando el mes de la patria en este pequeño país de América Latina caminaba por las adoquinadas calles del casco antiguo y al pasar por el Teatro Nacional, me detuve tan solo un instante para acceder a su antesala con mi familia. Allí pude admirar los bustos, entre todos estaba el de una extraordinaria mujer: Dame Margot Fonteyn.

Reflexioné y dando vueltas en mi mente me propuse leer algo más sobre ella. La única referencia era la de mi padre quien me contó la gran admiración que despertaba y la majestuosidad de su danza. Debo dejar en claro que no soy un experto conocedor de Ballet, solo un aficionado a todo lo que significa arte e investigador consumado por eso me atreví a escribir sobre ella.

Pues bien, hay mujeres que nacen para dejar huellas. Otras parecen haber nacido para desafiar el tiempo. Y existen unas pocas cuya vida se convierte en una obra de arte, incluso cuando el telón ha caído y los aplausos se han extinguido.

Margot Fonteyn perteneció a esta última estirpe.

Fue una mujer que hizo de su cuerpo un instrumento de expresión, de la disciplina una forma de vida y de la danza un lenguaje universal. Su nombre recorrió los grandes teatros de Europa, América y otros continentes. Compartió escenarios con algunos de los bailarines más extraordinarios de su época y alcanzó una distinción reservada para figuras excepcionales: Prima Ballerina Assoluta.

Sin embargo, detrás de aquella mujer de movimientos precisos, de brazos que parecían dibujar poesía en el aire y de una elegancia que desafiaba los años, existía otra Margot: la mujer enamorada, la esposa que enfrentó una tragedia y la extranjera que encontró en Panamá un lugar al que quiso pertenecer hasta el final de sus días.

Esta es la historia de una mujer que nació para la danza, pero que terminó ofreciéndonos una de las historias humanas más conmovedoras del siglo XX.

  1. Margaret Hookham: el comienzo de un destino

Margot Fonteyn Nació el 18 de mayo de 1919 en Reigate, Surrey, Inglaterra. Su nombre de nacimiento era Margaret Evelyn Hookham. En su familia la llamaban Peggy.

Su padre, Felix John Hookham, era ingeniero, mientras que su madre, Hilda Acheson Fontes, tenía ascendencia irlandesa y brasileña. De ella heredó, según reconocería posteriormente, una especial sensibilidad hacia la música y el ritmo.

Desde los cuatro años comenzó a recibir clases de danza en Ealing. No era todavía la estrella que algún día levantaría de sus asientos a los espectadores de los grandes teatros, pero algo parecía anunciar que aquella niña tenía una relación especial con el movimiento.

Su infancia, sin embargo, no transcurrió exclusivamente en Inglaterra.

Por razones laborales de su padre, la familia se trasladó primero a Estados Unidos y posteriormente a China. Aquellos viajes, que pudieron representar una interrupción para una niña que comenzaba a estudiar ballet, terminaron ampliando su horizonte cultural.

En Shanghái encontró un maestro fundamental: el bailarín ruso George Goncharov, emigrado después de la Revolución rusa.

Fue allí donde su formación adquirió mayor rigor. La joven Peggy descubrió que el ballet no era simplemente una actividad agradable, sino una vocación que exigía sacrificio, constancia y una disciplina casi militar.

Un detalle poco conocido es que su madre desempeñó un papel decisivo en aquella carrera. Hilda no fue una espectadora pasiva de los sueños de su hija. Se preocupó por buscarle buenos maestros, acompañarla y proteger sus oportunidades de formación.

En 1933 regresaron a Inglaterra. Margaret estudió con Serafina Astafieva, antigua bailarina rusa y maestra de Alicia Markova, y posteriormente ingresó en la escuela Vic-Wells, vinculada a la compañía que acabaría convirtiéndose en el Royal Ballet.

En 1934 realizó su debut profesional en El cascanueces, interpretando a un copo de nieve.

La niña que había aprendido a bailar entre dos continentes comenzaba a escribir su propia historia.

Su nombre artístico. Margot Fonteyn, tuvo su origen en el apellido Fontes de su madre. Una pequeña transformación que terminaría convirtiéndose en uno de los nombres más reconocidos de la danza clásica.

  1. Europa se rinde ante una bailarina

Su ascenso fue extraordinario. En 1935, cuando Alicia Markova dejó la compañía, Fonteyn comenzó a asumir algunos de sus papeles. Era una responsabilidad enorme para una bailarina tan joven, pero supo responder a las exigencias.

A los veinte años ya había interpretado grandes personajes del repertorio clásico, entre ellos Giselle, Odette y Odile en El lago de los cisnes, y Aurora en La bella durmiente.

Pero su grandeza no consistía únicamente en ejecutar correctamente los movimientos.

Margot tenía algo difícil de enseñar: musicalidad, sensibilidad dramática y una capacidad extraordinaria para transmitir emociones sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Según algunos estudiosos de la danza, su cuerpo parecía comprender la música antes de que esta llegara al oído del espectador. No sé hasta qué punto esa descripción debe tomarse literalmente, pero sí expresa algo esencial: su extraordinaria capacidad para sincronizar el movimiento con la música y convertir cada gesto en una expresión de sentimiento.

Una figura fundamental en su desarrollo fue el coreógrafo Frederick Ashton, quien encontró en ella una fuente de inspiración artística. La consideraba su musa y creó para ella importantes personajes y obras

Entre ellas destacan Ondine, Cinderella, Daphnis and Chloë y Marguerite and Armand.

Ashton admiraba su línea corporal, la expresividad de sus brazos y aquella cualidad que permitía que cada movimiento pareciera surgir naturalmente de la emoción.

Y aquí aparece una circunstancia interesante: Fonteyn no fue una bailarina que alcanzó la cima gracias a una juventud interminable. Su carrera estuvo marcada por momentos de incertidumbre, lesiones, enfermedades y dificultades personales.

En 1952 y 1953 atravesó un período de problemas de salud que afectó su actividad artística. Muchos habrían considerado que su mejor época había terminado.

Pero Margot tenía una capacidad especial para regresar.

En 1956 recibió el título de Dama comandante de la Orden del Imperio Británico. Era el reconocimiento de una nación a una artista que había contribuido decisivamente a la proyección internacional de su ballet.

La Royal Ballet la considera una de las figuras fundamentales de su historia.

Y, sin embargo, todavía faltaba el capítulo que transformaría definitivamente su leyenda.

  1. Rudolf Nureyev: dos generaciones, una sola leyenda

Cuando Margot Fonteyn conoció artísticamente a Rudolf Nureyev, parecía que su carrera estaba llegando a una etapa de madurez en la que muchos esperaban verla retirarse.

Ella tenía 42 años. Él, 23. El bailarín soviético había protagonizado uno de los acontecimientos culturales más importantes de 1961: su deserción de la Unión Soviética durante una gira en París, cuando solicitó asilo en Occidente.

Nureyev era un torbellino. Tenía una personalidad vehemente, un temperamento difícil, una técnica extraordinaria y una presencia escénica que parecía ocupar todo el escenario.

Margot, por el contrario, representaba la elegancia clásica británica, la serenidad, la musicalidad y una exquisita capacidad interpretativa.

Al principio no fue una unión sencilla.

 

Nureyev admiraba la formación de Fonteyn, aunque inicialmente tuvo reservas sobre su técnica. Ella, por su parte, encontraba al joven ruso arrogante y demasiado seguro de sí mismo.

La diferencia de edad y temperamento hacía pensar que aquella asociación sería complicada.

Pero ocurrió algo maravilloso. En febrero de 1962 bailaron juntos Giselle y el resultado fue extraordinario.

Lo que surgió entre ambos fue mucho más que una colaboración profesional. Cada uno parecía encontrar en el otro aquello que necesitaba para alcanzar una dimensión artística superior.

Margot aportaba la musicalidad, la elegancia y la madurez interpretativa. Rudolf añadía fuerza, virtuosismo, energía y una nueva concepción del bailarín masculino.

Juntos modificaron la percepción del ballet.

El público ya no contemplaba solamente a una primera bailarina acompañada por un partenaire. Observaba a dos grandes artistas que compartían el protagonismo con una intensidad pocas veces vista. En 1963 Frederick Ashton creó para ellos Marguerite and Armand, inspirada en La dama de las camelias. La obra se convirtió en uno de sus grandes triunfos.

En 1965 llegó otro acontecimiento memorable: su interpretación de Romeo y Julieta, con coreografía de Kenneth MacMillan.

Aquella pareja parecía desafiar todas las convenciones. Ella tenía más de cuarenta años y él era casi veinte años menor. Sin embargo, cuando comenzaban a bailar, las cifras desaparecían.

No había edades, nacionalidades ni diferencias de temperamento. Solamente existían la música, la técnica y una complicidad escénica excepcional.

Nureyev llegó a decir que no podía imaginar su carrera sin Fonteyn.

Su asociación se prolongó durante muchos años y se convirtió en una de las más célebres de la historia del ballet.

¿Por qué fueron considerados una de las mejores parejas de la danza?

Porque no se limitaron a sumar dos talentos individuales. Consiguieron multiplicarlos. Sus interpretaciones tenían equilibrio, tensión dramática, confianza y una química artística que trascendía la ejecución técnica.

Ella no necesitaba competir con la fuerza de él. Él no necesitaba eclipsar la elegancia de ella. Eso era lo que opinaban los críticos de la época.

Se complementaban. Y quizá allí reside el secreto de las grandes parejas: no intentar ser iguales, sino lograr que las diferencias se conviertan en armonía.

  1. Roberto “Tito” Arias: el hombre que llegó desde Panamá

Pero mientras el mundo admiraba a la bailarina, el destino había reservado para ella una historia que no estaba escrita en ningún libreto de ballet.

Se llamaba Roberto Emilio A.rias, aunque todos lo conocían como Tito. Panameño, abogado, periodista, diplomático y político, era hijo de Harmodio Arias Madrid, quien había sido presidente de Panamá. Pertenecía a una familia de considerable influencia en la vida política nacional y multimillonarios.

Su historia con Margot había comenzado mucho antes de que se convirtieran en marido y mujer.

Se conocieron en 1937, durante una fiesta universitaria en Cambridge, cuando Tito estudiaba allí y la compañía de ballet de Margot se encontraba en la ciudad.

Ella pertenecía al cuerpo de baile de Sadler\'s Wells. Era una joven artista que comenzaba a abrirse paso en el exigente mundo del ballet. Y entonces apareció aquel panameño.

Hay una anécdota que se ha contado sobre aquel encuentro: Margot habría quedado impresionada al descubrir a Tito bailando mambo. No era precisamente una danza que ella conociera, acostumbrada como estaba a los movimientos rigurosos de la escuela clásica.

Aquel joven latinoamericano tenía un ritmo diferente.

El encuentro fue breve. La vida los separó durante varios años y cada uno continuó su camino.

Pero algunas personas se quedan habitando nuestra memoria mucho después de haber desaparecido de nuestra vista.

En 1953 volvieron a encontrarse. Tito era entonces un hombre casado y tenía hijos de su matrimonio anterior. Margot, por su parte, había alcanzado ya una posición extraordinaria en el ballet internacional.

El reencuentro fue decisivo.

Tito comenzó un intenso cortejo y, según los relatos sobre la pareja, hizo esfuerzos por conquistarla. Más allá de las anécdotas románticas que se han contado, lo cierto es que aquel reencuentro terminó convirtiéndose en una relación que cambiaría el rumbo de sus vidas.

No era una unión cualquiera. Era el encuentro entre una estrella internacional de la danza y un hombre cuya vida estaba vinculada a la política y la diplomacia panameñas.

Finalmente, Tito y Margot contrajeron matrimonio el 6 de febrero de 1955, en París, en el consulado de Panamá.

Ella se convirtió en Margaret Evelyn de Arias, aunque el mundo continuó llamándola Margot Fonteyn.