Extraño la lluvia que cae fuera de mí.
Hay una silueta estática en el límite de mi paisaje destruido,
una presencia que asume el tedio de las estaciones,
lavando con su constancia los contornos de lo que fui.
No sé si es un alma o la personificación de mi propia fatiga,
pero persiste allí, meticulosa, ordenando la penumbra.
Todo este espacio ha sido dispuesto con la paciencia del aislamiento.
Una devoción silenciosa ha cultivado el vacío,
sembrando una blancura que estalla puntualmente,
cuando el año se desgasta en el calendario.
Allí, entre la palidez de las cosas que no llegaron a ser,
la conciencia despierta con un escalofrío,
rodeada de una fragancia que es pura nostalgia del invierno.
La geometría de esa persistencia,
los movimientos imperceptibles de quien me acompaña me ha disuelto.
Ya no poseo la pesadez de los cuerpos,
me he mudado a la monotonía del viento,
un transeúnte de la nada que flota sin destino.
Si observas el suelo, verás que la dispersión es absoluta.
Soy la insignificancia que el viento arrastra,
lo que queda cuando se apaga la lucidez.
Sin embargo, en esta disgregación que es mi único triunfo,
subsiste un perfume sutil,
un residuo de invierno que contradice mi propia muerte.