El reloj desparrama sus minutos de arena,
yo camino en la noche devorando la ausencia,
deseando el abrazo que diluya la pena
y la sed infinita de beber tu presencia.
Fueron años astrales de fantasmas de vidrio,
donde el mar se medía en gigabytes de distancia;
nuestro amor habitaba en un largo delirio
de mensajes celestes y de azul resonancia.
Yo quería besarte sin las sombras del mapa,
romper este misterio de pantalla y de viento,
sentir cómo la noche de la carne nos arropa
y fundirme de golpe en tu dulce elemento.
Bajo un cielo de hilos donde cuelgan los astros,
caminaba tu sombra desatando los plazos,
mientras yo recolectaba de tus pasos
los suspiros malditos de tantos retazos.
La distancia era un monstruo de cristal y de plomo,
donde el eco de un chat nos servía de asilo;
hoy el tiempo se rompe, lo presiento y lo tomo,
y la carne despierta de su largo sigilo.
Tus maletas traerán mil lunas de repuesto
y una flota de pájaros presos en el abrigo,
al cruzar la frontera de este mágico gesto,
la locura se vuelve por fin nuestro testigo.
Ya no habrá pantallas frías ni un océano de asfalto,
solo tu piel de fuego quemando el frío ambiente
en este surrealista y dichoso salto
nuestros labios se fundirán entre la gente.
Bajo el calor espeso de Malabo,
en medio del bullicio y del cansancio,
cruzó su luz rompiendo aquel espacio,
el tedio de la sala se apagó, yo esclavo
Rodaban las maletas sin sosiego,
más cuando su mirada halló mi fuego,
el tiempo, que latía en otro ruego,
en un solo segundo se paró, rompió mi ego
Se derrumbó el universo, se cayó la frontera,
tu figura fue un rayo que encendió la arboleda.
Al fin llegó el instante que en el alma se queda:
rozar tu piel de azabache, tenerte entera.