Cuando en la vida cotidiana de los mortales las nimiedades pierden su importancia,
por haber saboreado las fuentes del gozo y del dolor, incluso las de los propios demonios terrenales;
atravesando, en cuerpo, mente y alma, la sombra creada por uno mismo a lo largo de los años y de las circunstancias,
conquistando por ello una luz propia, no dada por orden divino...
sino por la propia lucidez y discernimiento forjados en el interior.
La vida cotidiana deja de ser solo corriente que se dirige al mar,
y cada dulzura, cada aspereza, cada placer y cada amargura forman parte del mismo vaivén...
Entre cal y arena: sabor y sinsabor del arte de vivir.