Luis de leon

LA MUERTE NO QUISO LLEVARME

La muerte que no quiso llevarme

Un poema para quien perdió al amor de su vida.

Dicen que la Muerte se enamoró de la Vida,

que la contemplaba en silencio desde la oscuridad,

que soñaba con acariciarle el rostro,

pero tenía prohibido hacerlo,

porque un solo roce de sus manos

sería suficiente para terminar con su eternidad.

La Muerte amaba a la Vida,

pero nunca podía tenerla.

La miraba sonreír entre las flores,

la observaba bailar bajo la lluvia,

y aunque deseaba abrazarla,

sabía que abrazarla significaba perderla.

Y entonces me pregunté una noche,

mientras recordaba a quien tanto amé:

¿qué clase de tristeza debe sentir la Muerte

cuando ama a alguien que no puede tocar?

Porque yo también he amado de esa manera,

con el alma entera y sin condiciones,

y hoy tengo que conformarme con recuerdos

de unos labios, unas caricias y unas ilusiones.

Yo también perdí al amor de mi vida,

a esa persona que alguna vez fue mi hogar,

y desde entonces camino entre la gente

con una tristeza que no puedo explicar.

He tenido accidentes, he visto de cerca el peligro,

he sentido que todo podía terminar,

y sin embargo aquí sigo respirando,

aunque tantas cosas dentro de mí

parezcan haberse dejado de levantar.

Y hubo noches en que me pregunté

si acaso la Muerte también me había olvidado,

si después de tantas veces que estuve cerca

ni siquiera se había fijado en mi pasado.

Llegué a pensar, con una tristeza inmensa,

que ni la Muerte me quería encontrar,

que hasta ella había decidido ignorarme

y que ni siquiera me quería llevar.

Pero quizá nunca entendí aquella historia,

quizá confundí mi dolor con mi destino.

Quizá no es que la Muerte no me quiera,

sino que todavía no ha terminado mi camino.

Porque extraño a quien ya no está conmigo,

porque hay recuerdos que me hacen llorar,

porque daría tantas cosas por volver a aquellos días

en los que no necesitaba nada más.

Y si la Muerte se enamoró de la Vida,

yo me enamoré de alguien que ya no está.

Ella no puede tocar a quien tanto ama,

y yo no puedo volver a tocar

a quien tanto quisiera abrazar.

Qué triste es amar lo que no podemos tener,

qué cruel es extrañar lo que no regresará,

y qué difícil resulta seguir viviendo

cuando el corazón todavía no aprende a soltar.

Sin embargo, si algún día la Muerte me pregunta

por qué llevo tanta tristeza en la mirada,

le diré que no estoy cansado de la vida,

que estoy cansado de extrañar a quien amaba.

Y si me pregunta qué fue lo que perdí,

no le hablaré solamente de una mujer;

le hablaré de mis sueños, de mis planes,

de aquella versión de mí

que alguna vez creyó que todo iba a salir bien.

Porque hay personas que se marchan de nuestra vida,

pero dejan su nombre viviendo en el corazón.

Y hay despedidas que duran toda una vida,

aunque solamente hayan durado un adiós.

Y quizá algún día comprenda

que sobrevivir no es una condena,

que todavía merezco un abrazo,

que todavía merezco amor,

y que mi historia no tiene por qué terminar

en la página donde alguien me dijo adiós.