No necesitas complacer para merecer,
no necesitas una máscara para pertenecer,
no necesitas apagar tu luz para no incomodar,
no necesitas perderte para poder amar.
Ahora lo sé...
Sin embargo, antes no pensaba así.
La vida me ha llevado por complejos caminos,
en cada sendero un maestro me esperaba,
y en la flor de mi juventud,
las lecciones llegaban.
La inexperiencia me guiaba,
fiesta y coquetería
una rutina conformaban.
Como un tren bala, las desilusiones arribaban,
rodeada de ilusiones baratas,
en la ruta del desamor
me encontraba.
Si algo no aprendía,
un nuevo maestro
la clase me repetía.
Mientras el reloj avanzaba,
nuevas enseñanzas se presentaban
y un concepto de amor se formaba.
Aún no me conocía
y en esa ignorancia,
el corazón ciegamente
se entregaba.
Inconsciente y dolida,
la esperanza aún no perdía.
Poco a poco
fui aprendiendo
que el dolor también fue mi maestro.
Conforme las pruebas terminaban,
experiencia y sabiduría acumulaba
y viejos castillos de ilusiones
se desmoronaban,
pero la mayor de las pruebas
aún no se presentaba.
Con todo lo aprendido,
el corazón aún confiaba,
y aunque ya se conocía un poco más,
sin pensarlo se volvió a entregar.
Esta vez el reto fue más allá,
la entrega fue tal
que en su travesía
casi su identidad perdía,
casi su luz extinguía;
mientras los obstáculos aparecían,
el examen más complejo se volvía.
Y al mirarme al espejo,
ya casi no me reconocía.
Cansada y con la mirada perdida,
entre noches de tristeza y melancolía,
llegó la mayor revelación a mi vida.
Entendí que solo amaría
si en la entrega yo no me perdía,
si en lo que construía,
yo también permanecía.
Aún sigo en la escuela de la vida,
no fue fácil esta última lección,
me costó desvelos y muchas caídas.
Hoy he aprendido que puedo amar
sin perderme en el camino.