Desde que tengo memoria,
mi cabello ha sido largo.
Ha conocido distintas estaciones
sin necesidad de pedirle permiso a nadie:
del marrón al rubio,
del rubio al rojo,
y del rojo, alguna vez, de vuelta a casa.
Nunca necesité químicos para cambiarlo,
bastaba el tiempo,
la naturaleza haciendo sus cosas
y yo aprendiendo a reconocerme
en cada una de sus versiones.
Pero esta vez fue diferente.
Llegaron aquellos químicos
que tanto había procurado evitar
y, poco a poco, mi cabello comenzó a caer,
como las hojas de los árboles
cuando entienden que ha llegado el otoño.
No fue una decisión,
ni un cambio que hubiera elegido frente al espejo.
Simplemente sucedió.
Y un día, casi sin darme cuenta,
el hombre del cabello largo
se encontró mirando a otro
desde el reflejo.
Hoy lo llevo corto.
Y aunque todavía me estoy acostumbrando
a esta nueva versión de mí,
empiezo a pensar que quizás
no se trata solamente de cabello.
Quizás hay cosas que tienen que caer
para recordarnos que seguimos creciendo.
Que no todas las pérdidas son despedidas
y que algunas transformaciones
llegan sin preguntarnos
pero terminan enseñándonos a vivir distinto.
La vida me ha regalado otra oportunidad.
No sé si seré el mismo de antes,
ni estoy seguro de querer serlo.
Por ahora, me basta con esto:
mirarme al espejo,
reconocerme,
sonreír un poco
y entender que también hay belleza
en volver a empezar.
Mi cabello volverá a crecer,
quizás cambie otra vez de color,
quizás la naturaleza vuelva a sorprenderme.
Pero esta vez hay algo que sé:
no necesito llevar el cabello largo
para sentir que tengo toda una vida
por delante.