Creí guardar el pecho bien protegido, alzar murallas contra todo intento, librar al alma de cualquier lamento y andar la vida sin haber cedido.
Pero llegaste tú, sin un ruido, con esa luz que desarmó mi viento, y en el cruce sutil del pensamiento todo mi orgullo se rindió vencido.
Ganaste el ritmo de mi piel dormida, la terca voz que se negó a nombrarte y cada espacio gris de mi memoria.
Ganaste, al fin, el rumbo de mi vida: no hay mayor triunfo que dejar de amarte ni más dulce derrota que esta historia.
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