Vjekoslav Darlić Mardešić

La vereda

La vereda, rama otoñal de hojas secas,

florece en sus orillas

con nubes de agua, con palabras mudas.

 

Sus frutos se esconden al caer la escarcha,

ajenos a barcos que no pueden quebrarla

porque jamás cruzan por allí.

 

Sobre su lomo, álamos revoltosos y alegres

se agitan unos a otros, deseando hundir raíces

en las grietas que la surcan.

 

La vereda es amable, como una mano abierta.

La habita la hiedra, convertida en túmulo

para que nadie la mueva y las pisadas se miren,

como si nunca se hubieran visto.

 

A veces, fatigada, duerme con luciérnagas

que se ocultan de la sombra hambrienta,

adornada con brasas que dibujan

una tarde de sol anaranjado y cansino.

 

Suele estar acompañada de pájaros

que la abrigan con sus nidos,

mientras la niebla apaga sus trinos.

Sin su canto,

la calle no podría llamar a los amantes que,

bajo el farol, se cubren de alondras.