No sé quién llora sobre la tierra fría,
si eres tú, sombra antigua de mi espera,
o el agua que cae, monótona y tardía,
sobre el ultimo y desechado invierno.
Hay un perfil de piedra junto al suelo
que imita la constancia del olvido,
un ser alado que ha perdido el vuelo
y cuida el rincón donde he corrido.
Siento el aroma blanco que despierta
cuando el invierno rinde su letargo,
como si una mano, tras la puerta,
labrara este retiro dulce y amargo.
Ya no queda contorno en mi mirada,
soy la dispersión de lo que existe,
una materia leve, casi nada,
que en el aire callado aún insiste.
Pero en la nada que me va cubriendo,
donde el recuerdo pierde su ceniza,
hay un rastro sutil que va ascendiendo:
un perfume sagrado que eterniza.