Bajo el neón sintético de la colmena estéril,
el prójimo se fractura en un código de silueta;
ya no destila sangre, ni perfume febril,
sino el cartón deslucido de una vieja viñeta.
Hay engranajes del asco que muerden la aurora.
¡Ay del espejo ciego que refleja el abismo!
Le amputamos el nombre, la risa, el pan de la infancia;
lo encerramos en el molde cuadrado del cinismo
y lo vestimos con harapos de inútil distancia.
Ya no hay madre que llore su frente ni arruga en la duda,
ni infancia de juguete roto bajo la higuera;
es un sello postal de cartón piedra y rabia muda,
una silueta de tiro al blanco en la trinchera.
Un rival no es carne, ni pulso, ni anatomía.
Es más fácil la espina del odio cuando no sangra,
cuando el otro es un símbolo hueco, un estandarte;
una bestia de mentira que la turba consagra
para quemar en efigie sin mirarle y sin amarte.
Un cartón preñado de sombra se evapora en odio
Oh, autómatas del juicio con relojes de arena:
reducimos al hombre a un simple monosílabo y llanto,
para poder asestarle la estocada obscena
sin que tiemble la mano ni nos duela el espanto.